lunes, 18 de septiembre de 2017

habitación nº7 final

Alexis  al quedarse solo, piensa por unos segundos que hacer para salir de allí.
Llama a recepción para que le suban algo de comer, poco después un camarero llama a la puerta, Alexis lo esperaba tras la puerta, de improviso, le asesta un golpe en la cabeza con la culata de la pistola, lo queda mareado tendido en el suelo, entonces con la agilidad de un mago coge el mantel que cubre el carrito de servicio, el mantel  era de color azafrán , se viste con él, sale de la habitación en el pasillo se cruza con un individuo que le pareció era un enano en ciernes, lo saluda con un leve movimiento de cabeza, pues con esa indumentaria daba la sensación de ser un santón budista encorvado, porque mientras caminaba hacia el ascensor rezaba en susúrros. Una vez en la calle un coche le esperaba. Aquella voz a Alexis le pareció metálica –le dice—espero que hayas cumplido con cada una de nuestras instrucciones al pie de la letra, si es así, puedes considerarte desde este momento un héroe.
Solo cumplí con lo acordado—respondió  con un tono que denotaba desconfianza—pero ¿de veras creen que esta misión es para un simple detective cómo yo?
Entonces una voz de mujer que se hallaba en el asiento trasero del coche, le dijo, muy pronto sabrás del servicio que has hecho a la humanidad. Alexis escucha  estas palabras con escepticismo.
Mientras una explosión hizo volar la ventana de la habitación número siete.
En esos momentos ya se encontraban diez falsos militares, hombres de los más belicoso he importantes, los cuales  habían reunido un ejército falso para defender unos intereses que sólo eran los suyos, estos delincuentes, sólo le interesaba el dominio y la sumisión bajo un mandato donde sólo podía predominaba el terror.
Una vez en la habitación del hotel, aquellos falsos soldados se disponían a revisar los documentos que se encontraban esparcidos por el suelo de la habitación, pero ignoraban que la documentación que creían haber encontrado era falsa.
Era notorio de que los documentos debían ser secretos, sin ninguna infiltración. Alexis había hecho el trabajo más importante de su carrera, y el solo pudo parar una inminente guerra que estaba dispuesta para que fuera efectuada en el mar.
Un silbido irrumpe en el coche que  atraviesa la puerta trasera del vehículo, donde se encontraba Alexis segundos después, otro silbido pasa cerca de la cara de su cara, el coche se bambolea, el conductor del vehículo cae a plomo sobre el volante, Alexis mira hacia atrás y ve que estaban muertos todos los que ocupaban el coche, el detective con su astucia habitual consigue hacerse con los mandos del volante  hasta conseguir  pararlo, sabía que las dos personas que viajaban con él estaban muertas, les había alcanzado un balazo, ¿Estarían destinado para él?
Antes de que llegaran los curiosos para ver qué pasaba, decide bajar del coche, un ruido inesperado le hace volver la cabeza. ¿Pero acaso no eran dos los que se habían  montado en el coche con él? Entonces sacó la pistola, apretó el gatillo, dando en el blanco, el tiro fue certero pues le penetró en el vientre, cayendo fulminado hacia un lado. El otro salió corriendo.
Y Alexis salió del coche como si no hubiera pasado nada, se mezclándose con los curiosos y en posesión de los documentos, junto con el de color azul que anteriormente había guardado en su bolsillo.
Dos días después un cadáver apareció en la playa, era una mañana de hastío, unos niños jugando encontraron unos papeles mojados de color azul, no pudieron leerlo, las letras al estar mojadas se habían distorsionado.
Desde ese momento, las aguas del Atlántico y del Mediterráneo, podían estar tranquilas pues nada les perturbaría, a excepción de que con certeza seguirían   acunando  entre sus olas  las barcas de los pescadores.











martes, 12 de septiembre de 2017

Habitación nº 7

Después de permanecer una hora en aquella habitación del hotel,  Alexis detective privado no sabía por dónde empezar su ordenador seguía guardado en su estuche acolchado de piel, a su lado y, encima de la mesa una antigua y arcaica máquina de escribir que estaba desfasada. Esparcidos por la pequeña mesa del escritorio del hotel había documentos que debía analizar con premura, pues éstos contenían una especial información que podía modificar el rumbo de la humanidad en el caso de que estos objetivos fueran cumplidos en la fecha indicada.
Aquella tarde  y, después de ojear algunos de los documentos, uno de ellos hablaba de una eficaz idea que debía desarrollarse en un hipotético mar  cuyo  nombre no se mencionaba en el documento, pero sí en una nota tal vez olvidada en uno de los laterales se podía leer Mediterráneo.
Alexis por unos momentos no sabe que pensar de todo aquello, él no era militar, ni tan siquiera había sido aceptado en el ejército motivado por padecer una leve cogerá debida a unas fiebres en su infancia. Aquel encargo le hacía sospechar que no sería para él nada fácil  que  pudiera   llegar a buen término, dado que el caso le era totalmente desconocido.
Suena el teléfono, sí, y esperó expectante unos segundos.
Al otro lado un silencio significativo, cuando decide colgar, una voz femenina le hace paralizarse cuando le dijo, si escarbas demasiado en ese fango en el que te has metido, puede que tengas una sorpresa—por cierto—poco agradable, el clic del teléfono sonó en sus oídos como si le hubieran asestado un bocinazo dentro del tímpano.
Poco después  volvió a la tarea de la clasificación de los folios, entonces inesperadamente uno de ellos cayó al suelo, lo recoge, pero se percató de que era de un color diferente  al resto de los documentos y, lo lee con especial atención, allí en sus anotaciones se podía leer algo parecido a unas galimatías que no lograba descifrar, la luz de la habitación en esos momentos empezó a oscilar a pequeños intervalos viéndose inmerso  entre la luz y las sombras.
Alexis  pone el documento de color diferente bajo todos los demás y, preso de mal humor sale de la habitación para saber qué pasaba con la luz, mira a un lado y a otro pero el pasillo se encontraba con luz y desierto, antes de cerrar la puerta  percibe de que su habitación era la única que se encontraba a oscuras, se sube a una silla  y comprueba que se trataba de que la bombilla estaba floja la enrosca, y poco después, se relaja.
Ya habían pasado dos días desde que comenzó el trabajo y, casi había terminado de leerlos, se fuma un cigarrillo, y mirando las volutas de humo pensó que lo que había sacado en conclusión era que todo parecía estar escrito por un guionista de cine donde la intriga y el enredo era el centro de la trama.
Alexis coge el folio que había metido entre los documentos, lo lee con escepticismo, allí se exponía con todo detalle la identificación y grado de un militar que adjuntaba una foto tamaño carnet de mala calidad, la guerrera lucía cubierta de condecoraciones que no eran aclaratorias, ¿Pero por qué tantas medallas? ¿Estaría la foto trucada?. Se encontraba tan absorto mirando aquella foto para saber a qué ejercito pertenecía aquel militar que no oyó cómo tras el tabique de su habitación había tal trifulca que casi estuvieron a punto de derribar la pared.
Eran las once de la noche y aún no había probado bocado desde el desayuno, sale de la habitación, se dirige a la cafetería del hotel, pide un plato combinado que come con apetito, dos hombres charlan en la barra, por su forma de comportarse  parecían estar acordando algún negocio. Después de comerse un bocadillo sale de la cafetería y se dirige al ascensor, un hombre paticorto y con brazos fuertes parece esperarlo; Alexis duda unos momentos si subir en el ascensor con él, pero acepta pues  no deseaba que ningún temor le dominara, cuando llega a su piso, el hombre paticorto al darle las buenas noches le dice de sopetón ¿Ocupa por casualidad la habitación número siete? Alexis por unos instantes le tiemblan las piernas.
Su reloj de pulsera marcaba las seis de la mañana cuando el sueño le rindió, convencido de haber descifrado algo más de toda aquella trama; pero por su  olfato de investigador seguía dudando de que todos aquellos documentos pudieran ser tan fiables cómo intentaban aparentar serlo. Después de guardar el último folio en la cartera, tuvo miedo de que todo fuera una trama bien urdida la cual  lo habían metido en el juego poniéndolo cómo chivo expiatorio, pues habían puesto en sus manos unos documentos que ignoraba  él en  aquel juego le habían dado  la carta más alta.
Ante estos pensamientos, llegó a la conclusión de que si se supiera de la existencia de todos aquellos documentos y cayeran en las manos de personas poco escrupulosas podía desencadenar algo muy peligroso…Alexis no podía pensar, por primera vez en su profesión se sentía incómodo y,-- pensó por unos segundos—que en sus manos podría estar un futuro que no se podía decir si era incierto pero  para  sí  era  desconocido.
Llaman a la puerta, antes de abrir recoge todos los papeles de la mesa, nervioso busca dónde esconder los documentos, los golpes de la puerta se hacían más insistentes, en un impulso se quita el cinturón, lo introduce por el asa  de la cartera, se sube a una silla la engancha en uno de los laterales del riel  de la cortina que tapaba el balcón que al ser doble le facilitó  la ocultación pasando, así totalmente desapercibida la cartera.
Abre la puerta, mientras se cruza el batin simulando  que acababa de despertarse, frente a él se encontraban los dos hombres que vio en la cafetería, uno de ellos lo empujó haciendo que se precipitara hacia el centro de la habitación, una vez dentro los dos hombres buscan con frenesí algo  por todas partes, pero no parecen estar satisfechos, uno de ellos saca una pistola pero en esos momentos, se fija en la cortina que tenía un pliegue sospechoso, la descorre, y descubre la cartera, sonríe satisfecho, al bajar de la silla se le cae la pistola, mientras tanto su compañero recoge todos los papeles de la papelera, el detective con agilidad se hace con la pistola recogiéndola del suelo, el hombre que se da cuenta intenta arrebatársela pero Alexis con precisión aprieta el gatillo y, el hombre cae al suelo a plomo, mientras tanto su compañero se apresura para coger el ordenador, olvidando la máquina de escribir por creer que se encontraba en desuso.













lunes, 21 de agosto de 2017

La Licenciada en arte. Final

Una vez en soledad, Anna comenzó a repasar mentalmente todo  el contenido del apartamento, pero no se le había ocurrido mirar, sólo pensó en el mal gusto que tenía su amiga, entonces el corazón le dio un vuelco, cuando recordó  aquellos horrendos collares jaguayanos que se encontraban colgados en el perchero, aquellos collares no le parecieron que fueran flexibles como era lo lógico que lo fueran, su base era la de un cilindro rígido, ante este pensamiento tembló como si en esos momentos estuviera recibiendo una descarga eléctrica.
Había sido engañada, había servido de señuelo, y ahora se encontraba prisionera.
De pronto, una voz le hace volver a la realidad, Anna ¿me oyes? Anna se encontraba en esos momentos buscando afanosamente la forma de poder salir de allí; pero aquella habitación parecía hermética, mientras  la voz de su amiga seguía insistiendo, busca, tiene que haber algo para que podamos salir de aquí, algún resorte, piensa  debe haber alguna cosa en alguna parte, yo,  me encuentro encerrada en un lugar que parece un zulo, sácame de aquí y las dos una vez fuera de estos zulos ya se nos ocurrirá algo para salir a la calle.
¿Pero qué quieres que haga si yo también estoy encerrada? Si logramos salir de esta, te explicaré lo que nos está pasando. Anna recuerda que antes de que la señora le hiciera entrar en aquella galería particular recordó que donde se encontraba parecía una copia en miniatura  de donde se encontraban los cuadros, entonces comenzó a palpar las paredes buscando algún resorte que pudiera encontrarse oculto para pulsarlo, con todas sus fuerzas empujó las cuatro paredes, pero nada se movía desesperada, da una patada en el suelo al mismo tiempo que la voz de su amiga casi desvanecida pedía ayuda, Anna cree estar mareada, pues sintió cómo el suelo comenzó a girar bajo sus pies, cuando reacciona, se ve en otra habitación donde se encontraban su amiga, la señora y los dos gorilas que la escoltaron desde el apartamento.
Su amiga, se acerca a ella sonriendo; gracias, nos has servido de mucha ayuda, ya sabemos cuál es  el cuadro que es  falso, no sabes lo que he tenido que hacer para que aceptaras  vivir en mi apartamento y lo que hemos tenido que inventar cuando comenzamos a recorrer las galerías de arte para que no te aceptaran en ninguna de ellas como analista, por supuesto también hablamos con los marchantes a quienes  les contamos que no eras de fiar. Al principio nos pareció difícil poder conseguirlo, porque tu no cejabas en seguir buscando y a nosotras se nos estaban acabando la, inventiva; pero sabes, te necesitábamos para que nos dijeras cuál de los  cuadros de nuestra colección era el falso.
Ahora sólo nos queda que nos hagas un último favor, Anna espera mientras sospecha que le iban a encargar algo turbio, después de un silencio habló su amiga: tienes que llevar este cuadro falso a esta dirección, Anna extiende la mano para coger el pequeño papel que le entregaba su amiga, que Anna no se molesta en leer. Cuando llegues a esta dirección haces la entrega, y a cambio  tú recibirás otro  cilindro que nos entregarás inmediatamente, pues te estaremos esperando dos manzanas más abajo, desde el momento que lo tengamos en nuestro poder, considérate libre de ir a donde quieras, por supuesto después de este trabajito que nos has hecho ningún galerista confiará en ti pues pusimos en tu currículo que eras más que pésima en tu trabajo, te aconsejo que busques en otra ciudad y procura que sea lo más lejos de Nueva York.
Poco después llega a la dirección  escrita en aquel papel, se trataba de un hangar que hacía la función de almacén de muebles. Pregunta por Arthur, ante ella se presenta un hombre bien parecido, Anna le hace entrega del cilindro, en unos segundos aparecen tres policías que obstruyen la puerta de salida, uno de los policías  invita a Anna a subir al coche de patrulla.
Cuando Anna llega a la comisaría es requerida por el inspector de guardia para que acuda a su despacho. Gracias Anna has hecho un excelente trabajo, ya están a buen recaudo todos los cuadros que se encontraban en aquella bella casa adosada, pues la mayoría de ellos habían sido sustraídos de los sótanos del New Museum.
En esos momentos entra uno de los comisarios en el despacho dónde se encontraba Anna, que dirigiéndose a ella le dice ¿Qué tal ha ido el proceso? La verdad comisario, creo que ha sido todo muy fácil,  en mi opinión en demasía, creo que todo lo facilitó  al subestimarme  tan a la ligera mi amiga  la azafata y, sobre todo  al creer que era una “panolis”, eso hizo despertar una confianza ciega en mí.
El comisario le dice, ¿Traes lo que esperábamos? Sí, todo está dispuesto como se acordó. Entonces hemos terminado con esta operación,  nos vemos la semana que viene en París; bien, de acuerdo—dijo Anna.
 En esos momentos una furgoneta blindada con matrícula falsa salía del garaje de la comisaría.
Poco después Anna se montaba en un Mustang metalizado de alta gama con dirección a un aeropuerto privado, con esta operación se había consumado uno de los mayores robos de obras de arte.
Anna experta en arte y, policía al servicio del espionaje neoyorkino, se había hecho  ella misma desaparecer en un accidente provocado, al respecto hubo algunas  conjeturas mal intencionadas de las que salió huyendo porque ella podía haber sido   la artífice de aquella trama que tuvo una  repercusión  extraordinaria en los ámbitos de la cultura.
Tardando unos días en encontrar el Mustang de Anna en un barranco a la salida de Nueva York  de inaccesible rescate.
 Mientras tanto seguía la búsqueda y paradero de aquel robo de importantes  cuadros de distintos autores. El servicio de rescate del aire encontró en el fondo del barranco  un cadáver calcinado, no se pudo averiguar si era hombre o mujer por encontrarse el cadáver en muy mal estado.
Después de la repercusión que tuvo el robo de los cuadros, a la policía científica se le planteó cómo resolver este enigma, pues minutos después de que Anna saliera de la comisaría, los dos comisarios  que habían llevado esa investigación con Anna aparecieron muertos mientras fumaban un cigarrillo.
Los comentarios que circularon eran que habían sido envenenados, pues en los dos cadáveres se podía apreciar, en la comisura de sus bocas, que había  una cantidad de saliva blanquecina que sin duda era a consecuencia de haber tocado directamente con la boca los dos comisarios el mismo veneno.
Un misterio que tenía indicios de no poder ser resuelto, por hallarse muertos  los dos comisarios encargados de la misma investigación y, coincidiendo con el accidente de tráfico donde se suponía que ese cadáver calcinado era de la tercera policía que  llevaba el trabajo de campo.
Con estos datos iba a ser muy difícil para la investigación resolver este enigma.   
Días después, Anna desde la Riviera francesa lee con escepticismo en un periódico Neoyorkino que le había sido concedida una condecoración póstuma por sus servicios prestados.
Anna dobla el periódico, y pide al camarero del hotel un Daikiri, cuando se lo sirve le lleva un teléfono, señora, tiene una llamada de Nueva York. 







    





jueves, 3 de agosto de 2017

La licenciada en arte, primera parte

La alcoba de aquel apartamento en el que se encontraba Anna, era una estancia que parecía emanar algo especial, por la ventana entraba una luz cálida y rosada  digna de un agradable  atardecer, por unos instantes se queda embelesada mirando  cómo a través de la cortina el sol antes de desaparecer por el horizonte dejó una pincelada en el limpio lienzo del cielo.
Sentada encima de la cama Anna observa con detenimiento el contenido de la maleta que yacía abierta encima de la colcha esperando ser cerrada. Antes de asegurar  la cerradura Anna mira a su alrededor, aquella decoración le parecía tan impersonal; por doquier había objetos  que denunciaban los viajes de su dueña, platos de cobre marroquíes, vasos de cerámica China, collares de Hawái, sombreros mexicanos.
Aquel apartamento se lo había cedido una amiga azafata por unos días al encontrarse ausente por su trabajo, hasta que se pudiera aclarar su situación laboral.
Al ser Anna licenciada en Arte, se trasladó a Nueva York para encontrar trabajo, durante unos días buscó sin descanso por todas las galerías  de la Urbe, hablo con varios marchantes, pero todo parecía inútil, parecía estar vetado para ella, nadie necesitaba aumentar su plantilla.
Agotada de tanto pensar en qué debía hacer para poder trabajar, se sienta en la cama y cree que tal vez no valía la pena  seguir en Nueva York, indolente se acerca a la ventana, al mirar hacia abajo siente vértigo, sonríe pues no estaba siendo consciente  de que se encontraba  en el piso 17 del edificio Flatirán, una mueca sale de su boca cuando piensa  en el nombre que le pusieron al edificio sólo por tener su estructura parecida a la de una plancha doméstica.
Cierra la maleta, mira de nuevo a su alrededor como si se dejara algo a lo que asirse para no sentirse tan perdida, se asusta al saber que no siente nada, se encontraba vacía, el destino que perseguía  se le antojaba inalcanzable y, suspiró mientras murmuraba Nueva York, Nueva York.
Recoge la maleta para salir, suena el teléfono duda si des colgarlo pero al comprobar  su insistencia lo coge: diga, al otro lado silencio, después un clip, habían colgado, espera unos minutos por si volvían a llamar.
Poco después abre la puerta, en el pasillo había dos hombres  que parecían hablar amigablemente, Anna pasa por su lado, pide el ascensor, y cuando la puerta está a punto de cerrarse, una mano fuerte se interpone para que no se cierre, entrando los dos hombres precipitadamente en el ascensor. Anna los mira, uno de ellos tenía aspecto de boxeador por tener un robusto cuerpo, el otro era un individuo largo, enjuto, que sólo miraba al techo  con ojos distraídos. Anna se inquieta  ante la extraña actitud del hombre, de repente el ascensor se para, el corazón de Anna se desboca cuando una voz por el intercomunicador –dice—“Quién carajos ha parado el ascensor”, Anna ya no piensa sólo tiembla ante una ambigua  realidad que propiciaron aquellos hombres con su conducta.
El más fuerte pregunta ¿Qué guardas en la maleta? A lo que respondió, mi ropa, el larguirucho le propone que la abra, Anna se siente  cada momento más intranquila, en esos momentos unos golpes dados con furia  en la  puerta  metálicas del ascensor que eran  acompañados por una voz de trueno, les hace desistir de su propósito, haciendo que uno de ellos volviera a pulsar el botón de funcionamiento.
Cuando llegan al portal, siente cómo se clavaba en su espalda un objeto metálico que la paraliza, una vez en la calle es empujada hacia un coche  de aspecto destartalado, la obligan a subir,  poco después abandonan el vehículo para montar en otro coche que les esperaba. Serpenteando. Llegan a la calle Gansevoor, en la 34 a la altura de la Décima Avenida, no tardaron en llegar a una estación de tren  donde la vía es elevada para poder cruzar el barrio Chelsea,  mientras tanto seguía escoltada en aquel tren por los dos hombres. No puede pensar, no se le ocurre nada para desembarazarse de sus verdugos y se distrae mirando cómo velozmente pasaban ante su vista los viandantes que paradojicamente paseaban por un parque tranquilo que se encontraba debajo del tren.
Anna no sabe a dónde la llevan, pero sí estaba segura de que había sido secuestrada.
 ¿Pero por qué motivo?
Ella no tenía dinero, estaban cometiendo una equivocación.
Bajan del tren encontrándose en el barrio bajo de Manhattan donde un nuevo coche los esperaba, después de un corto recorrido, aparcan ante una bella casa adosada.
Al entrar en la casa es conducida a una sala pequeña y claustrofobica, los dos hombres desaparecen, cuando estaba a punto de gritar, se abre la puerta, una mujer de mediana edad bien vestida, se pone ante ella, haciéndole una pregunta desconcertante.
¿Por qué te haces llamar Anna?
Anna abre los ojos espantada mientras dice, “Soy Anna”
Sí, dijo la mujer haciendo un gesto ambiguo, eso es lo que reza en tu documentación, por lo tanto sé dónde tienes tu domicilio y cuál es tu profesión, sí, todo parece encajar a la perfección menos tu nombre, ¿No te parece extraño? Ahora—dijo-- me toca hacerte una pregunta que tienes que contestarme con sinceridad, ¿Qué has hecho con el Monet? Ya sabes, el de Mujer con Sombrilla que tú bien sabes fue pintado en 1875. El que cambiaste por una burda imitación cuando entraste en el sótano nº1, ¡Ha! (dijo con sarcasmo) ya recuerdo ibas acompañada por el director del museo.
 ¿Acaso no es cierto?
Anna  contesta, sólo he visto algún cuadro de ese pintor en los catálogos, pero nunca he visto uno original, y mucho menos he tenido acceso a ningún sótano de ningún museo.
La mujer hace una leve señal para que la siguiese, se adentran por un magnífico pasillo  donde las paredes estaban cubiertas por bellas pinturas, que Anna al mirarlas supo que eran copias aunque muy bien conseguidas. Bajan unas oscuras y estrechas escaleras  las cuales no parecían tener salida, entonces Anna pensó ¿Estaría ante una de esas  habitaciones que se hacen llamar de pánico?
 Entonces vio cómo en un instante y como si de magia se tratara, una de las paredes desaparece ante sus atónitos ojos; expectante, espera a que la mujer diga algo, en unos instantes una luz indirecta y potente iluminaba la estancia, allí ante sus asombrosos ojos vio cómo las paredes se encontraban tapizadas por unos cuadros tan maravillosos que se quedó sin palabras, todos sin lugar a dudas eran auténticos; clavando sus ojos en el rostro de Anna,  la mujer espera su  reacción.
Veo que te ha impresionado lo que estás viendo.
Anna sigue muda.
¿Acaso has observado si alguno de estos cuadros es falso?
Anna contestó con balbuceo por la emoción, sólo tengo la carrera de arte, para saber si alguno de ellos es una copia había que hacer observar primero varias obras del autor, comparar su firma…
Sigue, sigue, dijo la que parecía la anfitriona, dame tu opinión.
También hay que estudiar la profundidad y el número de capas de pintura que es necesario cotejar para saber con seguridad  cómo alcanzar en esa analítica el color que es deseado por el artista.
Minutos después acercándose a uno de los cuadros le dice; ¿ves? dijo con una autoridad que le hizo temblar ¿Crees que éste es una copia?, bien, pues yo te digo que necesito aquí el auténtico inmediatamente en esta galería.
Y, cambiando de registro; ahora dime si el apartamento dónde te han encontrado mis amigos  es tuyo porque si no es así ¿De quién es?
De una amiga, si esa respuesta ya me la figuraba, entonces habrás ojeado lo que había en el apartamento ¿Viste algo que no fuera  corriente, por ejemplo en la decoración?, una lámina, una hornacina, algo que no es corriente que se pueda encontrar en un pequeño apartamento.
Anna comenzó a temblar, y si su amiga le había tendido una trampa, sin duda era porque  debía encontrarse metida en algún lío. Una vez terminado lo que parecía un interrogatorio, Anna es llevada  a aquella habitación claustrofobica de nuevo.


La alcoba de aquel apartamento en el que se encontraba Anna, era una estancia que parecía emanar algo especial, por la ventana entraba una luz cálida y rosada  digna de un agradable  atardecer, por unos instantes se queda embelesada mirando  cómo a través de la cortina el sol antes de desaparecer por el horizonte dejó una pincelada en el limpio lienzo del cielo.
Sentada encima de la cama Anna observa con detenimiento el contenido de la maleta que yacía abierta encima de la colcha esperando ser cerrada. Antes de asegurar  la cerradura Anna mira a su alrededor, aquella decoración le parecía tan impersonal; por doquier había objetos  que denunciaban los viajes de su dueña, platos de cobre marroquíes, vasos de cerámica China, collares de Hawái, sombreros mexicanos.
Aquel apartamento se lo había cedido una amiga azafata por unos días al encontrarse ausente por su trabajo, hasta que se pudiera aclarar su situación laboral.
Al ser Anna licenciada en Arte, se trasladó a Nueva York para encontrar trabajo, durante unos días buscó sin descanso por todas las galerías  de la Urbe, hablo con varios marchantes, pero todo parecía inútil, parecía estar vetado para ella, nadie necesitaba aumentar su plantilla.
Agotada de tanto pensar en qué debía hacer para poder trabajar, se sienta en la cama y cree que tal vez no valía la pena  seguir en Nueva York, indolente se acerca a la ventana, al mirar hacia abajo siente vértigo, sonríe pues no estaba siendo consciente  de que se encontraba  en el piso 17 del edificio Flatirán, una mueca sale de su boca cuando piensa  en el nombre que le pusieron al edificio sólo por tener su estructura parecida a la de una plancha doméstica.
Cierra la maleta, mira de nuevo a su alrededor como si se dejara algo a lo que asirse para no sentirse tan perdida, se asusta al saber que no siente nada, se encontraba vacía, el destino que perseguía  se le antojaba inalcanzable y, suspiró mientras murmuraba Nueva York, Nueva York.
Recoge la maleta para salir, suena el teléfono duda si descolgar el teléfono pero al comprobar  su insistencia lo coge: diga, al otro lado silencio, después un clip, habían colgado, espera unos minutos por si volvían a llamar.
Poco después abre la puerta, en el pasillo había dos hombres  que parecían hablar amigablemente, Anna pasa por su lado, pide el ascensor, y cuando la puerta está a punto de cerrarse, una mano fuerte se interpone para que no se cierre, entrando los dos hombres precipitadamente en el ascensor. Anna los mira, uno de ellos tenía aspecto de boxeador por tener un robusto cuerpo, el otro era un individuo largo, enjuto, que sólo miraba al techo  con ojos distraídos. Anna se inquieta  ante la extraña actitud del hombre, de repente el ascensor se para, el corazón de Anna se desboca cuando una voz por el intercomunicador –dice—“Quién carajos ha parado el ascensor”, Anna ya no piensa sólo tiembla ante una ambigua  realidad que propiciaron aquellos hombres con su conducta.
El más fuerte pregunta ¿Qué guardas en la maleta? A lo que respondió, mi ropa, el larguirucho le propone que la abra, Anna se siente  cada momento más intranquila, en esos momentos unos golpes dados con furia  en la  puerta  metálicas del ascensor que eran  acompañados por una voz de trueno, les hace desistir de su propósito, haciendo que uno de ellos volviera a pulsar el botón de funcionamiento.
Cuando llegan al portal, siente cómo se clavaba en su espalda un objeto metálico que la paraliza, una vez en la calle es empujada hacia un coche  de aspecto destartalado, la obligan a subir,  poco después abandonan el vehículo para montar en otro coche que les esperaba. Serpenteando. Llegan a la calle Gansevoor, en la 34 a la altura de la Décima Avenida, no tardaron en llegar a una estación de tren  donde la vía es elevada para poder cruzar el barrio Chelsea,  mientras tanto seguía escoltada en aquel tren por los dos hombres. No puede pensar, no se le ocurre nada para desembarazarse de sus verdugos y se distrae mirando cómo velozmente pasaban ante su vista los viandantes que paradójicamente paseaban por un parque tranquilo que se encontraba debajo del tren.
Anna no sabe a dónde la llevan, pero sí estaba segura de que había sido secuestrada.
 ¿Pero por qué motivo?
Ella no tenía dinero, estaban cometiendo una equivocación.
Bajan del tren encontrándose en el barrio bajo de Manhattan donde un nuevo coche los esperaba, después de un corto recorrido, aparcan ante una bella casa adosada.
Al entrar en la casa es conducida a una sala pequeña y claustrofobica, los dos hombres desaparecen, cuando estaba a punto de gritar, se abre la puerta, una mujer de mediana edad bien vestida, se pone ante ella, haciéndole una pregunta desconcertante.
¿Por qué te haces llamar Anna?
Anna abre los ojos espantada mientras dice, “Soy Anna”
Sí, dijo la mujer haciendo un gesto ambiguo, eso es lo que reza en tu documentación, por lo tanto sé dónde tienes tu domicilio y cuál es tu profesión, sí, todo parece encajar a la perfección menos tu nombre, ¿No te parece extraño? Ahora—dijo-- me toca hacerte una pregunta que tienes que contestarme con sinceridad, ¿Qué has hecho con el Monet? Ya sabes, el de Mujer con Sombrilla que tú bien sabes fue pintado en 1875. El que cambiaste por una burda imitación cuando entraste en el sótano nº1, ¡Ha! (dijo con sarcasmo) ya recuerdo ibas acompañada por el director del museo.
 ¿Acaso no es cierto?
Anna  contesta, sólo he visto algún cuadro de ese pintor en los catálogos, pero nunca he visto uno original, y mucho menos he tenido acceso a ningún sótano de ningún museo.
La mujer hace una leve señal para que la siguiese, se adentran por un magnífico pasillo  donde las paredes estaban cubiertas por bellas pinturas, que Anna al mirarlas supo que eran copias aunque muy bien conseguidas. Bajan unas oscuras y estrechas escaleras  las cuales no parecían tener salida, entonces Anna pensó ¿Estaría ante una de esas  habitaciones que se hacen llamar de pánico?
 Entonces vio cómo en un instante y como si de magia se tratara, una de las paredes desaparece ante sus atónitos ojos; expectante, espera a que la mujer diga algo, en unos instantes una luz indirecta y potente iluminaba la estancia, allí ante sus asombrosos ojos vio cómo las paredes se encontraban tapizadas por unos cuadros tan maravillosos que se quedó sin palabras, todos sin lugar a dudas eran auténticos; clavando sus ojos en el rostro de Anna,  la mujer espera su  reacción.
Veo que te ha impresionado lo que estás viendo.
Anna sigue muda.
¿Acaso has observado si alguno de estos cuadros es falso?
Anna contestó balbuceó por la emoción, sólo tengo la carrera de arte, para saber si alguno de ellos es una copia había que hacer observar primero varias obras del autor, comparar su firma…
Sigue, sigue, dijo la que parecía la anfitriona, dame tu opinión.
También hay que estudiar la profundidad y el número de capas de pintura que es necesario cotejar para saber con seguridad  cómo alcanzar en esa analítica el color que es deseado por el artista.
Minutos después acercándose a uno de los cuadros le dice; ¿ves? dijo con una autoridad que le hizo temblar ¿Crees que éste es una copia?, bien, pues yo te digo que necesito aquí el auténtico inmediatamente en esta galería.
Y, cambiando de registro; ahora dime si el apartamento dónde te han encontrado mis amigos  es tuyo porque si no es así ¿De quién es?
De una amiga, si esa respuesta ya me la figuraba, entonces habrás ojeado lo que había en el apartamento ¿Viste algo que no fuera  corriente, por ejemplo en la decoración?, una lámina, una hornacina, algo que no es corriente que se pueda encontrar en un pequeño apartamento.

Anna comenzó a temblar, y si su amiga le había tendido una trampa, sin duda era porque  debía encontrarse metida en algún lío. Una vez terminado lo que parecía un interrogatorio, Anna es llevada  a aquella habitación claustrofobica de nuevo.



La alcoba de aquel apartamento en el que se encontraba Anna, era una estancia que parecía emanar algo especial, por la ventana entraba una luz cálida y rosada  digna de un agradable  atardecer, por unos instantes se queda embelesada mirando  cómo a través de la cortina el sol antes de desaparecer por el horizonte dejó una pincelada en el limpio lienzo del cielo.
Sentada encima de la cama Anna observa con detenimiento el contenido de la maleta que yacía abierta encima de la colcha esperando ser cerrada. Antes de asegurar  la cerradura Anna mira a su alrededor, aquella decoración le parecía tan impersonal; por doquier había objetos  que denunciaban los viajes de su dueña, platos de cobre marroquíes, vasos de cerámica China, collares de Hawái, sombreros mexicanos.
Aquel apartamento se lo había cedido una amiga azafata por unos días al encontrarse ausente por su trabajo, hasta que se pudiera aclarar su situación laboral.
Al ser Anna licenciada en Arte, se trasladó a Nueva York para encontrar trabajo, durante unos días buscó sin descanso por todas las galerías  de la Urbe, hablo con varios marchantes, pero todo parecía inútil, parecía estar vetado para ella, nadie necesitaba aumentar su plantilla.
Agotada de tanto pensar en qué debía hacer para poder trabajar, se sienta en la cama y cree que tal vez no valía la pena  seguir en Nueva York, indolente se acerca a la ventana, al mirar hacia abajo siente vértigo, sonríe pues no estaba siendo consciente  de que se encontraba  en el piso 17 del edificio Flatirán, una mueca sale de su boca cuando piensa  en el nombre que le pusieron al edificio sólo por tener su estructura parecida a la de una plancha doméstica.
Cierra la maleta, mira de nuevo a su alrededor como si se dejara algo a lo que asirse para no sentirse tan perdida, se asusta al saber que no siente nada, se encontraba vacía, el destino que perseguía  se le antojaba inalcanzable y, suspiró mientras murmuraba Nueva York, Nueva York.
Recoge la maleta para salir, suena el teléfono duda si descolgarlo pero al comprobar  su insistencia lo coge: diga, al otro lado silencio, después un clip, habían colgado, espera unos minutos por si volvían a llamar.
Poco después abre la puerta, en el pasillo había dos hombres  que parecían hablar amigablemente, Anna pasa por su lado, pide el ascensor, y cuando la puerta está a punto de cerrarse, una mano fuerte se interpone para que no se cierre, entrando los dos hombres precipitadamente en el ascensor. Anna los mira, uno de ellos tenía aspecto de boxeador por tener un robusto cuerpo, el otro era un individuo largo, enjuto, que sólo miraba al techo  con ojos distraídos. Anna se inquieta  ante la extraña actitud del hombre, de repente el ascensor se para, el corazón de Anna se desboca cuando una voz por el intercomunicador –dice—“Quién carajos ha parado el ascensor”, Anna ya no piensa sólo tiembla ante una ambigua  realidad que propiciaron aquellos hombres con su conducta.
El más fuerte pregunta ¿Qué guardas en la maleta? A lo que respondió, mi ropa, el larguirucho le propone que la abra, Anna se siente  cada momento más intranquila, en esos momentos unos golpes dados con furia  en la  puerta  metálicas del ascensor que eran  acompañados por una voz de trueno, les hace desistir de su propósito, haciendo que uno de ellos volviera a pulsar el botón de funcionamiento.
Cuando llegan al portal, siente cómo se clavaba en su espalda un objeto metálico que la paraliza, una vez en la calle es empujada hacia un coche  de aspecto destartalado, la obligan a subir,  poco después abandonan el vehículo para montar en otro coche que les esperaba. Serpenteando. Llegan a la calle Gansevoor, en la 34 a la altura de la Décima Avenida, no tardaron en llegar a una estación de tren  donde la vía es elevada para poder cruzar el barrio Chelsea,  mientras tanto seguía escoltada en aquel tren por los dos hombres. No puede pensar, no se le ocurre nada para desembarazarse de sus verdugos y se distrae mirando cómo velozmente pasaban ante su vista los viandantes que paradójicamente paseaban por un parque tranquilo que se encontraba debajo del tren.
Anna no sabe a dónde la llevan, pero sí estaba segura de que había sido secuestrada.
 ¿Pero por qué motivo?
Ella no tenía dinero, estaban cometiendo una equivocación.
Bajan del tren encontrándose en el barrio bajo de Manhattan donde un nuevo coche los esperaba, después de un corto recorrido, aparcan ante una bella casa adosada.
Al entrar en la casa es conducida a una sala pequeña y claustrofóbica, los dos hombres desaparecen, cuando estaba a punto de gritar, se abre la puerta, una mujer de mediana edad bien vestida, se pone ante ella, haciéndole una pregunta desconcertante.
¿Por qué te haces llamar Anna?
Anna abre los ojos espantada mientras dice, “Soy Anna”
Sí, dijo la mujer haciendo un gesto ambiguo, eso es lo que reza en tu documentación, por lo tanto sé dónde tienes tu domicilio y cuál es tu profesión, sí, todo parece encajar a la perfección menos tu nombre, ¿No te parece extraño? Ahora—dijo-- me toca hacerte una pregunta que tienes que contestarme con sinceridad, ¿Qué has hecho con el Monet? Ya sabes, el de Mujer con Sombrilla que tú bien sabes fue pintado en 1875. El que cambiaste por una burda imitación cuando entraste en el sótano nº1, ¡Ha! (dijo con sarcasmo) ya recuerdo ibas acompañada por el director del museo.
 ¿Acaso no es cierto?
Anna  contesta, sólo he visto algún cuadro de ese pintor en los catálogos, pero nunca he visto uno original, y mucho menos he tenido acceso a ningún sótano de ningún museo.
La mujer hace una leve señal para que la siguiese, se adentran por un magnífico pasillo  donde las paredes estaban cubiertas por bellas pinturas, que Anna al mirarlas supo que eran copias aunque muy bien conseguidas. Bajan unas oscuras y estrechas escaleras  las cuales no parecían tener salida, entonces Anna pensó ¿Estaría ante una de esas  habitaciones que se hacen llamar de pánico?
 Entonces vio cómo en un instante y como si de magia se tratara, una de las paredes desaparece ante sus atónitos ojos; expectante, espera a que la mujer diga algo, en unos instantes una luz indirecta y potente iluminaba la estancia, allí ante sus asombrosos ojos vio cómo las paredes se encontraban tapizadas por unos cuadros tan maravillosos que se quedó sin palabras, todos sin lugar a dudas eran auténticos; clavando sus ojos en el rostro de Anna,  la mujer espera su  reacción.
Veo que te ha impresionado lo que estás viendo.
Anna sigue muda.
¿Acaso has observado si alguno de estos cuadros es falso?
Anna contestó balbuceante por la emoción, sólo tengo la carrera de arte, para saber si alguno de ellos es una copia había que hacer observar primero varias obras del autor, comparar su firma…
Sigue, sigue, dijo la que parecía la anfitriona, dame tu opinión.
También hay que estudiar la profundidad y el número de capas de pintura que es necesario cotejar para saber con seguridad  cómo alcanzar en esa analítica el color que es deseado por el artista.
Minutos después acercándose a uno de los cuadros le dice; ¿ves? dijo con una autoridad que le hizo temblar ¿Crees que éste es una copia?, bien, pues yo te digo que necesito aquí el auténtico inmediatamente en esta galería.
Y, cambiando de registro; ahora dime si el apartamento dónde te han encontrado mis amigos  es tuyo porque si no es así ¿De quién es?
De una amiga, si esa respuesta ya me la figuraba, entonces habrás ojeado lo que había en el apartamento ¿Viste algo que no fuera  corriente, por ejemplo en la decoración?, una lámina, una hornacina, algo que no es corriente que se pueda encontrar en un pequeño apartamento.

Anna comenzó a temblar, y si su amiga le había tendido una trampa, sin duda era porque  debía encontrarse metida en algún lío. Una vez terminado lo que parecía un interrogatorio, Anna es llevada  a aquella habitación claustrofóbica de nuevo.








martes, 25 de julio de 2017

Lo mejor es la neutralidad. Final

Anna no tenía ni la más remota idea de qué nuevo misterio se enfrentaba con aquel personaje desconocido.
Su mente, parecían haberse alborotado, la cabeza le empezó a dar vueltas como si se hubiera subido a una noria, pues aquello que estaba presenciando, podía ser muy serio, ¿Se encontraría ante un fantasma?
Y el hombre, volviéndose hacia ella le dijo con rotundidad para que lo oyera, “Si” dijo  antes de que ella tuviera tiempo de articular palabra alguna.
Anna poco después me comentó, que ni siquiera se había imaginado un caso tan sorprendente como el de vivir esos momentos. Anna envidió a aquel hombre que podía deshacerse de lo que no le servía, ¿Pero qué barbaridad estaba pensando?
Empezó a envidiarlo, era lo que sentía a pesar de que le dijera que ella también podía hacer lo mismo que él y, que si quería también podía  hacer con sus miembros todo lo que quisiera, pero para hacer todo eso tenía primero que deshacerse de pensamientos, negativos,  banales, porque estos pensamientos sólo suelen hacer que se desperdicie parte de la inventiva. Y por lo tanto quiero decirte—le recomendaba aquel hombre-- no consientas que una sola crítica pueda  mermar  tu imaginación, pues ésta es un manantial de vida que dosificándola nunca  se agota.
Estas palabras hicieron que  Anna se quedara  perpleja.
Y, siguió diciendo:
 No dejes de producir esos relatos que con ellos puedes hacer que una mente torturada por los avatares de la vida, pueda con  tus fantasías literarias hacer que esa persona, aunque  sea una sola, tenga la fuerza de sacarla del profundo abismo en la que se pueda encontrar en esos momentos, y eso  tan sólo puede suceder en su rato de ocio, que puede hacer cambiar al ser humano al entrar en ese  milagro que es  la de  integrarse con la  fantasía.
Entonces, de repente aquel hombre, comenzó a volar ante su atónita mirada.
Señor le dijo al fin Anna con voz clara y, en un tono que parecía reprobatorio: “me está asustando con hacer esas cosas tan extrañas, y ni siquiera he sido avisada para que no me sorprendiera”
El hombre tiró el sombrero al suelo, y Anna lo recogió pensando que era un acto de generosidad, entonces, al tocarlo con sus manos, su cuerpo empezó a elevarse hasta volar junto a él, llegando justo hasta sobrepasar las nubes; una vez que Anna se vio en las alturas supo que todo había vuelto a sucederle.
De repente, una impresionante tormenta de agua y viento sepultó todo lo que pudiera dar testimonio a aquello que había vivido.
Fue curioso que un desagradable zumbido de moscas azules moribundas cayera  a los pies de Anna.
Cuando llegó a su casa, subió de dos en dos las escaleras hasta el cuarto piso, su puerta se encontraba abierta. Como una exhalación entró en su despacho, el ordenador se encontraba conectado.
Y sin apenas darle tiempo a pensar se encontró escribiendo ante un folio en blanco, y en esos momentos fue cuando comenzó el relato de su nueva novela. Algo raro le pasaba pues, de su mente brotaba como si de un manantial se tratara todo el argumento de esa nueva  novela que ni siquiera había pensado cómo sería la trama, todo estaba saliendo  de los trazos  de su bolígrafo, ilusionada quiso pensar que aquella novela  podía ser su Ópera Prima.
 Y, supo que debía seguir escribiendo; tan sólo quedaba flotando una palabra hiriente y confusa en el aire, que al querer olvidarla, Anna  la convirtió en todo lo contrario, pues hizo despertar en ella de nuevo la magia.
 Un año después  aquella persona que quiso destruirla con unas palabras despreciativas, cuando supo que había escrito una nueva novela y que había sido un gran éxito de ventas, aquel hombre de sentimientos retorcidos, se vio envuelto en un laberinto de desolación al ignorar el significado de cómo se deben usar las palabras.
¿Qué es lo que lleva al hombre a  inducir tener  una conducta reprochable ante una persona?
Tal vez sea una obcecación por querer que nadie le haga sombra en su deficiente y anodino trabajo, no aceptando que alguien por casualidad  pueda encontrar fortuitamente un fenómeno inesperado que pueda darle ese impulso que todos necesitamos, algo que al  presentarse  de golpe y, ser aprovechado, puede cambiar todos nuestros esquemas.
 Este hombre sin saberlo estaba inhibiendo con su proceder las Meninges que al no dejarla reaccionar con normalidad, lo abandona, dejándole sin fantasías dentro de un complejo  que va más allá de lo razonable, no dejando nada  en su memoria. Sin embargo Anna y sólo Anna supo aprovechar el ser  testigo de algo que le pareció recurrente, porque  sin saberlo había roto todo lo razonable de la realidad incontenida.
Ahora cuando Anna se encuentra ante su mesa de trabajo, siente en su interior que no puede dudar que lo que creyó ver podía ser realidad.  De nuevo se dispuso a escribir, solo se le ocurrió, que a este nuevo relato se le podía llamar simplemente “recalcitrante” por lo arriesgado de su atrevimiento, pues con toda seguridad, nadie  creería, que este relato hubiera sido una realidad.
¿Pero la novela?
Ahora Anna se encontraba con otro nuevo dilema, pues no sabía  cómo titularla.
Quizás.
Viajes por una mente escondida en las Meninges
 Tal vez-- pensó-- sería contraproducente, el querer desentrañar los misterios que guarda nuestra cabeza  que sólo él Creador  puede desvelar.
Lo cierto es que en cualquier momento de nuestras vidas, puede que  llegue a sorprendernos alguna reacción espontánea, puede que nos venga de esas Meninges  que sin remisión llevamos todos con nosotros.

Cuidado hay que mimar esa parte del cuerpo, pues al no ser visible, puede que nos sorprenda, nunca se sabe cuál puede ser su reacción.











lunes, 17 de julio de 2017

Lo mejor es la neutralidad

Alguien, que Anna no recordaba bien quién pudiera ser, se dirigió a ella al término de una conferencia sobre literatura mágica, ese hombre se puso ante ella con pose de prepotencia, pues de esa altivez que proclamaba, sólo se podía sacar la conclusión de que todo aquel que  adopta esa pose es porque  que le gustaría ser alguien y, no lo  es.
Entonces le dijo a Anna, que lamentaba comunicarle que no sabía escribir, que el papel en el que ponía esos garabatos valía más cuando se encontraba en blanco. Gracias, le contestó Anna con una sonrisa, agradeciéndole su crítica decidió ignorar el incidente y, sin más, siguió su camino hacia la salida.
Una vez en la calle, Anna reflexionó muy a su pesar pues aquellas palabras lograron herirla, y tuvo que preguntarse si acaso ese desconocido estaba en lo cierto, el hombre no pareció satisfecho con la actitud pasiva que adoptó Anna, porque en su mirada dejó entrever una frialdad sobrecogedora que  le hizo sospechar que tejía a su alrededor una malla viscosa de difamación con la misma cautela con que la araña compone su red atrapadora.
 Una vez pasada la primera impresión, en sus labios afloró una sonrisa de complacencia, al no entender tantas molestias,  por  parte de aquel desconocido, y se sorprendió al saber que  sus relatos pudieran haber hecho tanto daño.
 Entonces recordó que en una ocasión llegó hasta sus oídos que algunos de sus lectores disfrutaban leyendo sus libros, algunos hasta llegaron a manifestárselo por la calle haciéndole  comentarios de que al igual que un poeta sabía manejar las palabras, estos  comentarios  le hicieron  gracia al mismo tiempo que subía su autoestima, pues según ese ciudadano desconocido, Anna desdibujaba con su bolígrafo las palabras; pero esa crítica (destructiva o instructiva, según se mire) pero al intuir  que no iba a dejar mella en ella, como para olvidarse de seguir escribiendo lo que se le antojaba, este desconocido desapareció de su vista.
Pero ante este  dilema innecesario, Anna decidió quedarse al margen, creyó que  no era el  momento ni siquiera ético de ponerse a favor de ninguna de las dos opciones,  ni de los halagos ni de los detractores. Anna me confesó, que dijeran lo que dijeran unos y otros, para ella era un elogio, ya por sí sólo, el que se hablara de su trabajo.
Y me dijo, (confidencialmente) puedo garantizarte que la palabra para mi es importante, porque siempre hay que huir como del aceite hirviendo de las lenguas ladinas porque si ésta llega a salpicarte, puede ser tan cruel como una daga cercenadora que mutila las buenas intenciones, siendo lo contrario otras palabras, esas que se susurran con la intención de acariciar los oídos poniendo en el tono amor.
Por esa razón “ciudadano sin nombre” en tu honor, en mi próximo libro te voy a dedicar unas palabras muy sencillas de comprender; un susurro puede tener  varias connotaciones, según las circunstancias y el tono en las que se pronuncien, una opción es, que al pronunciarlas  puede producir terror a quien la escucha, la otra opción es que si se dice  con dulzura al oído, puede despertar ilusiones que siempre alegran el corazón.
Al día siguiente supo por ella misma  que había aceptado aquella crítica con deportividad, por cierto, me comentó que le había sido beneficiosa.
Al día siguiente se lanzó a la calle con el propósito de recabar información para su cuarta novela, paseó por lo más céntrico de la ciudad, saludó aquí y allá, contempló escaparates, se sentó en una terraza para tomar un refresco que calmara su sed.
En realidad, no sabía cómo empezar la novela; poco después sin ser consciente de ello,  se encaminaba hacia un destino incierto, iba distraída cuando ante ella se cruza un caballero bien vestido que cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha, por su forma de caminar Anna dedujo, que parecía  presumir de belleza.
Aquel cimbreo de su cuerpo le intrigó, entonces inducida por las meninges, esa membrana que está formada por tejido conectivo y que según parece cubre todo el sistema nervioso central, bien, pues todo esto que se halla en nuestra cabeza, le dio una orden incuestionable “síguelo”.
Anna obediente siguió ese mandato, sin apenas darse cuenta, se vio caminando fuera de la ciudad, entonces el hombre miró hacia atrás y, ella se sintió ridícula al no encontrar palabras para justificar su conducta.
Ya sabía de antemano que una buena palabra dicha a su tiempo puede llegar a justificar lo injustificable, ante la mirada de aquel hombre Anna se sintió despojada no sólo de su palabra, sino también de su lengua, pues se le quedó pegada al paladar.
Anna admitió que alguna que otra vez  sus palabras le habían sacado de algunas situaciones embarazosas, pero contando como el Todo Poderoso que le había dotado de carácter perseverante, siguió a aquel hombre, la verdad es que no pensó que aquel hombre  pudiera mirar para atrás, pues en el caso de haberlo hecho, no hubiera sabido qué decirle.
En aquel momento sólo pensaba en las palabras de disculpa que le pudieran servir  para justificar aquella sin sentido persecución; pero aquel hombre poseía un Don, que era el de dejarla sin palabras, entonces sin más, y como el que tira un cigarrillo ya consumido, se desprendió de uno de los brazos, que tiró lejos de él; aquella acción provocó en Anna  una reacción que hizo que se aceleraran sus pulsaciones, mientras su boca seguía muda como la de una monja de clausura.
Habían caminado unos cuantos pasos más y, se desprendió de una de sus piernas, arrojándola lejos de él cómo hizo con el brazo, aquella actitud del hombre la  dejó perpleja, pues seguía caminando con una sola pierna sin apoyo alguno, ella ya no sabía con exactitud lo que pensaba, pues no se entendía ni ella misma, en la fracción de unos segundos pasó de creer que era un sentimiento de admiración, para  convertirlo al instante  en algo excepcional.

Anna interrumpió sus pasos, pues deseaba hacerle una pregunta, pero antes de que esta fuera  formulada, el hombre contestó--- este es mi Don—si lo que deseas es seguirme hasta que llegue a mi destino, entonces te mostraré cual es  el final del trayecto, pero, hasta que llegue ese momento, debes esperar, y si quieres saber algo más de mí tendrás que averiguarlo por ti misma.











lunes, 10 de julio de 2017

El poder oculto, Final

Poco después cuando despierta se encontraba ante una pirámide, ubicada en la Península de Yucatán, allí ante sus ojos se encontraban los vestigios de un pasado que había hecho en este presente  volver a resurgir la ambición desmedida de unos cuantos, haciendo que éste resurgir fuera tan turbulento como lo es el magma que abrasa  todo lo que encuentra a su paso, a sabiendas de que con esta acción borran con ello la historia de los pueblos.
Manuel, siente de pronto cómo su cuerpo es presa de una convulsión que proviene de un poder sobrenatural que se adueña de su conciencia, quizás provenía del ultraterreno, que hizo que desde su perspectiva pudiera ver violentas escaramuzas y guerrillas que luchaban por diezmar un patrimonio único.
Manuel de repente se ve subido en un pódium, ordenando que llevasen ante su presencia  a todo aquel que había sido cogido robando, ante esta orden los presentes palidecen, pues ante ellos se hacía presente la omnipresencia huella de un misterio que supieron existía, pero que en esos momentos se estaba haciendo visible.
Los malhechores pasaban ante él gimoteando, mientras la luz del sol brillaba sobre la pirámide irradiando  los colores de las gemas.
Manuel no puede creer lo que estaba pasando, aquellos hombres se postraban ante él, eran todos de raza blanca, con apariencia de ostentar cargos relevantes, esos que se creen importantes, intocables, mientras llevan a sus espaldas pegados como lapas el alijo de un expolio, que saben mejor que nadie  vender al mejor postor.
Mientras tanto Manuel no salía de su asombro, la serpiente emplumada, parecía hacer la función de verdugo, a uno de los reos, le sacó un ojo, que depositó en una cajita de jade, y siempre con majestuosidad abrazó con fuerzas a otro reo hasta asfixiarle mientras uno de sus brazos caía desplomado al suelo moviéndose cómo el rabo de una lagartija, a otro le cercenó las piernas metiéndolo en una pila funeraria de dura piedra; una vez terminado este ritual, a los restantes delincuentes, la serpiente les ordena que cojan unos machetes que les eran ofrecidos por los nativos, éstos, les hacen segar la maleza  que se encontraba alrededor de la pirámide.
Su misión no era otra que la de cumplir un ritual  que era el de descubrir la mortaja del tiempo  que la naturaleza había tapado.
 Manuel se baja del pódium, da unos pasos, ante el aparece un cenote cuyas aguas cenagosas dejaban ver cómo los cuerpos que se había engullido flotaban como  muñecos hinchables.
Mientras miraba con horror aquel espectáculo espeluznante, pensó me van a matar, ante él una mujer de belleza perfecta lo miraba con una mueca de crueldad  que se dibujaba en su cara, entonces apretó los dientes, la mujer le dijo, no, no vas a morir aún, lo que tú has hecho por este pueblo es diferente, Manuel la mira impertérrito, los ojos de la mujer le atravesaron.
Una mañana, aparece una moto abandonada  cerca del pantano de Guadiloba en Cáceres, un caminante que por allí pasaba dio la alarma, la moto se encontraba en su parte posterior se encontraban abollados los ejes de las ruedas que hicieron sospechar de un accidente con fuga incluida.
Manuel despierta de un raro letargo que le recuerda haber vivido algo insólito, real, pero cómo no se lo puede explicar, piensa que pudo ser el hecho de tener la preocupación de si firmar o no firmar era algo que le inquietaba en sumo grado.
 Él siempre había vivido con su familia en la misma casa, por lo tanto se sabía los recovecos de cada rincón, pero…nunca se fijó en una foto que colgaba en el rincón más oscuro del pasillo, lo mira, remira, obcecado en querer ver algo que creyó tenía que ocultar aquel cuadro; una sombra de hombre arropado con un poncho se proyectó en la pared, da un paso atrás, mientras una voz que era la suya propia le habla en pretérito.
Manuel, no te reconozco has cambiado, tanto que ni tú mismo te reconoces, mira bien la foto, si, eres tú mismo o sea el abuelo que lucía con orgullo un pectoral adornado de gemas preciosas
 ¿Por qué ahora quieres desenterrar el pasado?
¿Qué es lo que te preocupa?
Que se sepa que tú sí, tú, o sea yo,-- da igual porque somos el mismo aunque aún no lo creas --porque cambiar los términos, no cambia nada tú, yo, sabemos que robamos el mapa donde los indígenas guardaban el más preciado “Tesoro de su historia”  viste el rito, no lo niegues, pues se hizo ante ti presidida por la serpiente emplumada, ¿Acaso no recordaste nada? Allí fue cuando engañaste con tu candidez a los mayas, pero se te olvidó el detalle más importante que la serpiente emplumada siempre te estuvo observando, a veces, recuerda que nos entraba el remordimiento, y entonces pensábamos bajo una perspectiva completamente distinto a la que siempre tuviste o tuvimos, como el de robar a gente que creíamos no sabían distinguir…Qué era lo que creíamos tenían que distinguir, si estaban muertos.
Manuel, “despierta” le dijo su propia voz, sólo tú(o yo) me da igual, somos los únicos culpables, sé que todo esto pasó hace mucho, mucho tiempo, pero no creas que fuimos  olvidados, tócate el ojo derecho sin miedo, ¿Notas algo?
Manuel empezó a gritar de espanto, su ojo, tenía la cuenca vacía, le faltaba su ojo derecho y, comenzó a saltar preso de un ataque de nervios, se lo había sacado la serpiente emplumada ahora recordaba, fue aquella tarde que creyó era de gloria para él, entonces empezó a sudar, aún tenía presente el momento en que la serpiente emplumada depositaba un ojo en una caja de jade; ante tanto desasosiego sus pies  tropiezan con algo que le  hace tambalearse, era la misma caja, no se atreve a cogerla.
Minutos después, todos los miembros de  su departamento inundaron el oscuro pasillo, eran hombres tullidos que habían pertenecido a la expedición que Manuel capitaneó.
Todo pudo haber sido una burda alucinación, pues nunca se supo de Manuel ni de los componentes de aquella expedición. De la foto desapareció el pectoral, en una esquina del salón se encontraba la serpiente emplumada que lucía cómo nadie aquel pectoral o collar o, el mapa, porque ese pectoral era el mapa  que indicaba donde se encontraba los secretos más misteriosos que puede llegar a tener un pueblo.
Entonces para qué tanta pantomima de querer salvar algo de lo que había sido diezmado hacía muchos, muchos, años.
 ¿Había existido Manuel junto con la serpiente emplumada?
Algo sí que fue verdad, existe una magia que confunde al explorador ambicioso, llevándolos hacia los cenotes lóbregos donde nadie los puede encontrar.

En lo alto del cielo, se proyectaba una iluminación por los destellos de una luna llena.