jueves, 3 de agosto de 2017

La licenciada en arte, primera parte

La alcoba de aquel apartamento en el que se encontraba Anna, era una estancia que parecía emanar algo especial, por la ventana entraba una luz cálida y rosada  digna de un agradable  atardecer, por unos instantes se queda embelesada mirando  cómo a través de la cortina el sol antes de desaparecer por el horizonte dejó una pincelada en el limpio lienzo del cielo.
Sentada encima de la cama Anna observa con detenimiento el contenido de la maleta que yacía abierta encima de la colcha esperando ser cerrada. Antes de asegurar  la cerradura Anna mira a su alrededor, aquella decoración le parecía tan impersonal; por doquier había objetos  que denunciaban los viajes de su dueña, platos de cobre marroquíes, vasos de cerámica China, collares de Hawái, sombreros mexicanos.
Aquel apartamento se lo había cedido una amiga azafata por unos días al encontrarse ausente por su trabajo, hasta que se pudiera aclarar su situación laboral.
Al ser Anna licenciada en Arte, se trasladó a Nueva York para encontrar trabajo, durante unos días buscó sin descanso por todas las galerías  de la Urbe, hablo con varios marchantes, pero todo parecía inútil, parecía estar vetado para ella, nadie necesitaba aumentar su plantilla.
Agotada de tanto pensar en qué debía hacer para poder trabajar, se sienta en la cama y cree que tal vez no valía la pena  seguir en Nueva York, indolente se acerca a la ventana, al mirar hacia abajo siente vértigo, sonríe pues no estaba siendo consciente  de que se encontraba  en el piso 17 del edificio Flatirán, una mueca sale de su boca cuando piensa  en el nombre que le pusieron al edificio sólo por tener su estructura parecida a la de una plancha doméstica.
Cierra la maleta, mira de nuevo a su alrededor como si se dejara algo a lo que asirse para no sentirse tan perdida, se asusta al saber que no siente nada, se encontraba vacía, el destino que perseguía  se le antojaba inalcanzable y, suspiró mientras murmuraba Nueva York, Nueva York.
Recoge la maleta para salir, suena el teléfono duda si des colgarlo pero al comprobar  su insistencia lo coge: diga, al otro lado silencio, después un clip, habían colgado, espera unos minutos por si volvían a llamar.
Poco después abre la puerta, en el pasillo había dos hombres  que parecían hablar amigablemente, Anna pasa por su lado, pide el ascensor, y cuando la puerta está a punto de cerrarse, una mano fuerte se interpone para que no se cierre, entrando los dos hombres precipitadamente en el ascensor. Anna los mira, uno de ellos tenía aspecto de boxeador por tener un robusto cuerpo, el otro era un individuo largo, enjuto, que sólo miraba al techo  con ojos distraídos. Anna se inquieta  ante la extraña actitud del hombre, de repente el ascensor se para, el corazón de Anna se desboca cuando una voz por el intercomunicador –dice—“Quién carajos ha parado el ascensor”, Anna ya no piensa sólo tiembla ante una ambigua  realidad que propiciaron aquellos hombres con su conducta.
El más fuerte pregunta ¿Qué guardas en la maleta? A lo que respondió, mi ropa, el larguirucho le propone que la abra, Anna se siente  cada momento más intranquila, en esos momentos unos golpes dados con furia  en la  puerta  metálicas del ascensor que eran  acompañados por una voz de trueno, les hace desistir de su propósito, haciendo que uno de ellos volviera a pulsar el botón de funcionamiento.
Cuando llegan al portal, siente cómo se clavaba en su espalda un objeto metálico que la paraliza, una vez en la calle es empujada hacia un coche  de aspecto destartalado, la obligan a subir,  poco después abandonan el vehículo para montar en otro coche que les esperaba. Serpenteando. Llegan a la calle Gansevoor, en la 34 a la altura de la Décima Avenida, no tardaron en llegar a una estación de tren  donde la vía es elevada para poder cruzar el barrio Chelsea,  mientras tanto seguía escoltada en aquel tren por los dos hombres. No puede pensar, no se le ocurre nada para desembarazarse de sus verdugos y se distrae mirando cómo velozmente pasaban ante su vista los viandantes que paradojicamente paseaban por un parque tranquilo que se encontraba debajo del tren.
Anna no sabe a dónde la llevan, pero sí estaba segura de que había sido secuestrada.
 ¿Pero por qué motivo?
Ella no tenía dinero, estaban cometiendo una equivocación.
Bajan del tren encontrándose en el barrio bajo de Manhattan donde un nuevo coche los esperaba, después de un corto recorrido, aparcan ante una bella casa adosada.
Al entrar en la casa es conducida a una sala pequeña y claustrofobica, los dos hombres desaparecen, cuando estaba a punto de gritar, se abre la puerta, una mujer de mediana edad bien vestida, se pone ante ella, haciéndole una pregunta desconcertante.
¿Por qué te haces llamar Anna?
Anna abre los ojos espantada mientras dice, “Soy Anna”
Sí, dijo la mujer haciendo un gesto ambiguo, eso es lo que reza en tu documentación, por lo tanto sé dónde tienes tu domicilio y cuál es tu profesión, sí, todo parece encajar a la perfección menos tu nombre, ¿No te parece extraño? Ahora—dijo-- me toca hacerte una pregunta que tienes que contestarme con sinceridad, ¿Qué has hecho con el Monet? Ya sabes, el de Mujer con Sombrilla que tú bien sabes fue pintado en 1875. El que cambiaste por una burda imitación cuando entraste en el sótano nº1, ¡Ha! (dijo con sarcasmo) ya recuerdo ibas acompañada por el director del museo.
 ¿Acaso no es cierto?
Anna  contesta, sólo he visto algún cuadro de ese pintor en los catálogos, pero nunca he visto uno original, y mucho menos he tenido acceso a ningún sótano de ningún museo.
La mujer hace una leve señal para que la siguiese, se adentran por un magnífico pasillo  donde las paredes estaban cubiertas por bellas pinturas, que Anna al mirarlas supo que eran copias aunque muy bien conseguidas. Bajan unas oscuras y estrechas escaleras  las cuales no parecían tener salida, entonces Anna pensó ¿Estaría ante una de esas  habitaciones que se hacen llamar de pánico?
 Entonces vio cómo en un instante y como si de magia se tratara, una de las paredes desaparece ante sus atónitos ojos; expectante, espera a que la mujer diga algo, en unos instantes una luz indirecta y potente iluminaba la estancia, allí ante sus asombrosos ojos vio cómo las paredes se encontraban tapizadas por unos cuadros tan maravillosos que se quedó sin palabras, todos sin lugar a dudas eran auténticos; clavando sus ojos en el rostro de Anna,  la mujer espera su  reacción.
Veo que te ha impresionado lo que estás viendo.
Anna sigue muda.
¿Acaso has observado si alguno de estos cuadros es falso?
Anna contestó con balbuceo por la emoción, sólo tengo la carrera de arte, para saber si alguno de ellos es una copia había que hacer observar primero varias obras del autor, comparar su firma…
Sigue, sigue, dijo la que parecía la anfitriona, dame tu opinión.
También hay que estudiar la profundidad y el número de capas de pintura que es necesario cotejar para saber con seguridad  cómo alcanzar en esa analítica el color que es deseado por el artista.
Minutos después acercándose a uno de los cuadros le dice; ¿ves? dijo con una autoridad que le hizo temblar ¿Crees que éste es una copia?, bien, pues yo te digo que necesito aquí el auténtico inmediatamente en esta galería.
Y, cambiando de registro; ahora dime si el apartamento dónde te han encontrado mis amigos  es tuyo porque si no es así ¿De quién es?
De una amiga, si esa respuesta ya me la figuraba, entonces habrás ojeado lo que había en el apartamento ¿Viste algo que no fuera  corriente, por ejemplo en la decoración?, una lámina, una hornacina, algo que no es corriente que se pueda encontrar en un pequeño apartamento.
Anna comenzó a temblar, y si su amiga le había tendido una trampa, sin duda era porque  debía encontrarse metida en algún lío. Una vez terminado lo que parecía un interrogatorio, Anna es llevada  a aquella habitación claustrofobica de nuevo.


La alcoba de aquel apartamento en el que se encontraba Anna, era una estancia que parecía emanar algo especial, por la ventana entraba una luz cálida y rosada  digna de un agradable  atardecer, por unos instantes se queda embelesada mirando  cómo a través de la cortina el sol antes de desaparecer por el horizonte dejó una pincelada en el limpio lienzo del cielo.
Sentada encima de la cama Anna observa con detenimiento el contenido de la maleta que yacía abierta encima de la colcha esperando ser cerrada. Antes de asegurar  la cerradura Anna mira a su alrededor, aquella decoración le parecía tan impersonal; por doquier había objetos  que denunciaban los viajes de su dueña, platos de cobre marroquíes, vasos de cerámica China, collares de Hawái, sombreros mexicanos.
Aquel apartamento se lo había cedido una amiga azafata por unos días al encontrarse ausente por su trabajo, hasta que se pudiera aclarar su situación laboral.
Al ser Anna licenciada en Arte, se trasladó a Nueva York para encontrar trabajo, durante unos días buscó sin descanso por todas las galerías  de la Urbe, hablo con varios marchantes, pero todo parecía inútil, parecía estar vetado para ella, nadie necesitaba aumentar su plantilla.
Agotada de tanto pensar en qué debía hacer para poder trabajar, se sienta en la cama y cree que tal vez no valía la pena  seguir en Nueva York, indolente se acerca a la ventana, al mirar hacia abajo siente vértigo, sonríe pues no estaba siendo consciente  de que se encontraba  en el piso 17 del edificio Flatirán, una mueca sale de su boca cuando piensa  en el nombre que le pusieron al edificio sólo por tener su estructura parecida a la de una plancha doméstica.
Cierra la maleta, mira de nuevo a su alrededor como si se dejara algo a lo que asirse para no sentirse tan perdida, se asusta al saber que no siente nada, se encontraba vacía, el destino que perseguía  se le antojaba inalcanzable y, suspiró mientras murmuraba Nueva York, Nueva York.
Recoge la maleta para salir, suena el teléfono duda si descolgar el teléfono pero al comprobar  su insistencia lo coge: diga, al otro lado silencio, después un clip, habían colgado, espera unos minutos por si volvían a llamar.
Poco después abre la puerta, en el pasillo había dos hombres  que parecían hablar amigablemente, Anna pasa por su lado, pide el ascensor, y cuando la puerta está a punto de cerrarse, una mano fuerte se interpone para que no se cierre, entrando los dos hombres precipitadamente en el ascensor. Anna los mira, uno de ellos tenía aspecto de boxeador por tener un robusto cuerpo, el otro era un individuo largo, enjuto, que sólo miraba al techo  con ojos distraídos. Anna se inquieta  ante la extraña actitud del hombre, de repente el ascensor se para, el corazón de Anna se desboca cuando una voz por el intercomunicador –dice—“Quién carajos ha parado el ascensor”, Anna ya no piensa sólo tiembla ante una ambigua  realidad que propiciaron aquellos hombres con su conducta.
El más fuerte pregunta ¿Qué guardas en la maleta? A lo que respondió, mi ropa, el larguirucho le propone que la abra, Anna se siente  cada momento más intranquila, en esos momentos unos golpes dados con furia  en la  puerta  metálicas del ascensor que eran  acompañados por una voz de trueno, les hace desistir de su propósito, haciendo que uno de ellos volviera a pulsar el botón de funcionamiento.
Cuando llegan al portal, siente cómo se clavaba en su espalda un objeto metálico que la paraliza, una vez en la calle es empujada hacia un coche  de aspecto destartalado, la obligan a subir,  poco después abandonan el vehículo para montar en otro coche que les esperaba. Serpenteando. Llegan a la calle Gansevoor, en la 34 a la altura de la Décima Avenida, no tardaron en llegar a una estación de tren  donde la vía es elevada para poder cruzar el barrio Chelsea,  mientras tanto seguía escoltada en aquel tren por los dos hombres. No puede pensar, no se le ocurre nada para desembarazarse de sus verdugos y se distrae mirando cómo velozmente pasaban ante su vista los viandantes que paradójicamente paseaban por un parque tranquilo que se encontraba debajo del tren.
Anna no sabe a dónde la llevan, pero sí estaba segura de que había sido secuestrada.
 ¿Pero por qué motivo?
Ella no tenía dinero, estaban cometiendo una equivocación.
Bajan del tren encontrándose en el barrio bajo de Manhattan donde un nuevo coche los esperaba, después de un corto recorrido, aparcan ante una bella casa adosada.
Al entrar en la casa es conducida a una sala pequeña y claustrofobica, los dos hombres desaparecen, cuando estaba a punto de gritar, se abre la puerta, una mujer de mediana edad bien vestida, se pone ante ella, haciéndole una pregunta desconcertante.
¿Por qué te haces llamar Anna?
Anna abre los ojos espantada mientras dice, “Soy Anna”
Sí, dijo la mujer haciendo un gesto ambiguo, eso es lo que reza en tu documentación, por lo tanto sé dónde tienes tu domicilio y cuál es tu profesión, sí, todo parece encajar a la perfección menos tu nombre, ¿No te parece extraño? Ahora—dijo-- me toca hacerte una pregunta que tienes que contestarme con sinceridad, ¿Qué has hecho con el Monet? Ya sabes, el de Mujer con Sombrilla que tú bien sabes fue pintado en 1875. El que cambiaste por una burda imitación cuando entraste en el sótano nº1, ¡Ha! (dijo con sarcasmo) ya recuerdo ibas acompañada por el director del museo.
 ¿Acaso no es cierto?
Anna  contesta, sólo he visto algún cuadro de ese pintor en los catálogos, pero nunca he visto uno original, y mucho menos he tenido acceso a ningún sótano de ningún museo.
La mujer hace una leve señal para que la siguiese, se adentran por un magnífico pasillo  donde las paredes estaban cubiertas por bellas pinturas, que Anna al mirarlas supo que eran copias aunque muy bien conseguidas. Bajan unas oscuras y estrechas escaleras  las cuales no parecían tener salida, entonces Anna pensó ¿Estaría ante una de esas  habitaciones que se hacen llamar de pánico?
 Entonces vio cómo en un instante y como si de magia se tratara, una de las paredes desaparece ante sus atónitos ojos; expectante, espera a que la mujer diga algo, en unos instantes una luz indirecta y potente iluminaba la estancia, allí ante sus asombrosos ojos vio cómo las paredes se encontraban tapizadas por unos cuadros tan maravillosos que se quedó sin palabras, todos sin lugar a dudas eran auténticos; clavando sus ojos en el rostro de Anna,  la mujer espera su  reacción.
Veo que te ha impresionado lo que estás viendo.
Anna sigue muda.
¿Acaso has observado si alguno de estos cuadros es falso?
Anna contestó balbuceó por la emoción, sólo tengo la carrera de arte, para saber si alguno de ellos es una copia había que hacer observar primero varias obras del autor, comparar su firma…
Sigue, sigue, dijo la que parecía la anfitriona, dame tu opinión.
También hay que estudiar la profundidad y el número de capas de pintura que es necesario cotejar para saber con seguridad  cómo alcanzar en esa analítica el color que es deseado por el artista.
Minutos después acercándose a uno de los cuadros le dice; ¿ves? dijo con una autoridad que le hizo temblar ¿Crees que éste es una copia?, bien, pues yo te digo que necesito aquí el auténtico inmediatamente en esta galería.
Y, cambiando de registro; ahora dime si el apartamento dónde te han encontrado mis amigos  es tuyo porque si no es así ¿De quién es?
De una amiga, si esa respuesta ya me la figuraba, entonces habrás ojeado lo que había en el apartamento ¿Viste algo que no fuera  corriente, por ejemplo en la decoración?, una lámina, una hornacina, algo que no es corriente que se pueda encontrar en un pequeño apartamento.

Anna comenzó a temblar, y si su amiga le había tendido una trampa, sin duda era porque  debía encontrarse metida en algún lío. Una vez terminado lo que parecía un interrogatorio, Anna es llevada  a aquella habitación claustrofobica de nuevo.



La alcoba de aquel apartamento en el que se encontraba Anna, era una estancia que parecía emanar algo especial, por la ventana entraba una luz cálida y rosada  digna de un agradable  atardecer, por unos instantes se queda embelesada mirando  cómo a través de la cortina el sol antes de desaparecer por el horizonte dejó una pincelada en el limpio lienzo del cielo.
Sentada encima de la cama Anna observa con detenimiento el contenido de la maleta que yacía abierta encima de la colcha esperando ser cerrada. Antes de asegurar  la cerradura Anna mira a su alrededor, aquella decoración le parecía tan impersonal; por doquier había objetos  que denunciaban los viajes de su dueña, platos de cobre marroquíes, vasos de cerámica China, collares de Hawái, sombreros mexicanos.
Aquel apartamento se lo había cedido una amiga azafata por unos días al encontrarse ausente por su trabajo, hasta que se pudiera aclarar su situación laboral.
Al ser Anna licenciada en Arte, se trasladó a Nueva York para encontrar trabajo, durante unos días buscó sin descanso por todas las galerías  de la Urbe, hablo con varios marchantes, pero todo parecía inútil, parecía estar vetado para ella, nadie necesitaba aumentar su plantilla.
Agotada de tanto pensar en qué debía hacer para poder trabajar, se sienta en la cama y cree que tal vez no valía la pena  seguir en Nueva York, indolente se acerca a la ventana, al mirar hacia abajo siente vértigo, sonríe pues no estaba siendo consciente  de que se encontraba  en el piso 17 del edificio Flatirán, una mueca sale de su boca cuando piensa  en el nombre que le pusieron al edificio sólo por tener su estructura parecida a la de una plancha doméstica.
Cierra la maleta, mira de nuevo a su alrededor como si se dejara algo a lo que asirse para no sentirse tan perdida, se asusta al saber que no siente nada, se encontraba vacía, el destino que perseguía  se le antojaba inalcanzable y, suspiró mientras murmuraba Nueva York, Nueva York.
Recoge la maleta para salir, suena el teléfono duda si descolgarlo pero al comprobar  su insistencia lo coge: diga, al otro lado silencio, después un clip, habían colgado, espera unos minutos por si volvían a llamar.
Poco después abre la puerta, en el pasillo había dos hombres  que parecían hablar amigablemente, Anna pasa por su lado, pide el ascensor, y cuando la puerta está a punto de cerrarse, una mano fuerte se interpone para que no se cierre, entrando los dos hombres precipitadamente en el ascensor. Anna los mira, uno de ellos tenía aspecto de boxeador por tener un robusto cuerpo, el otro era un individuo largo, enjuto, que sólo miraba al techo  con ojos distraídos. Anna se inquieta  ante la extraña actitud del hombre, de repente el ascensor se para, el corazón de Anna se desboca cuando una voz por el intercomunicador –dice—“Quién carajos ha parado el ascensor”, Anna ya no piensa sólo tiembla ante una ambigua  realidad que propiciaron aquellos hombres con su conducta.
El más fuerte pregunta ¿Qué guardas en la maleta? A lo que respondió, mi ropa, el larguirucho le propone que la abra, Anna se siente  cada momento más intranquila, en esos momentos unos golpes dados con furia  en la  puerta  metálicas del ascensor que eran  acompañados por una voz de trueno, les hace desistir de su propósito, haciendo que uno de ellos volviera a pulsar el botón de funcionamiento.
Cuando llegan al portal, siente cómo se clavaba en su espalda un objeto metálico que la paraliza, una vez en la calle es empujada hacia un coche  de aspecto destartalado, la obligan a subir,  poco después abandonan el vehículo para montar en otro coche que les esperaba. Serpenteando. Llegan a la calle Gansevoor, en la 34 a la altura de la Décima Avenida, no tardaron en llegar a una estación de tren  donde la vía es elevada para poder cruzar el barrio Chelsea,  mientras tanto seguía escoltada en aquel tren por los dos hombres. No puede pensar, no se le ocurre nada para desembarazarse de sus verdugos y se distrae mirando cómo velozmente pasaban ante su vista los viandantes que paradójicamente paseaban por un parque tranquilo que se encontraba debajo del tren.
Anna no sabe a dónde la llevan, pero sí estaba segura de que había sido secuestrada.
 ¿Pero por qué motivo?
Ella no tenía dinero, estaban cometiendo una equivocación.
Bajan del tren encontrándose en el barrio bajo de Manhattan donde un nuevo coche los esperaba, después de un corto recorrido, aparcan ante una bella casa adosada.
Al entrar en la casa es conducida a una sala pequeña y claustrofóbica, los dos hombres desaparecen, cuando estaba a punto de gritar, se abre la puerta, una mujer de mediana edad bien vestida, se pone ante ella, haciéndole una pregunta desconcertante.
¿Por qué te haces llamar Anna?
Anna abre los ojos espantada mientras dice, “Soy Anna”
Sí, dijo la mujer haciendo un gesto ambiguo, eso es lo que reza en tu documentación, por lo tanto sé dónde tienes tu domicilio y cuál es tu profesión, sí, todo parece encajar a la perfección menos tu nombre, ¿No te parece extraño? Ahora—dijo-- me toca hacerte una pregunta que tienes que contestarme con sinceridad, ¿Qué has hecho con el Monet? Ya sabes, el de Mujer con Sombrilla que tú bien sabes fue pintado en 1875. El que cambiaste por una burda imitación cuando entraste en el sótano nº1, ¡Ha! (dijo con sarcasmo) ya recuerdo ibas acompañada por el director del museo.
 ¿Acaso no es cierto?
Anna  contesta, sólo he visto algún cuadro de ese pintor en los catálogos, pero nunca he visto uno original, y mucho menos he tenido acceso a ningún sótano de ningún museo.
La mujer hace una leve señal para que la siguiese, se adentran por un magnífico pasillo  donde las paredes estaban cubiertas por bellas pinturas, que Anna al mirarlas supo que eran copias aunque muy bien conseguidas. Bajan unas oscuras y estrechas escaleras  las cuales no parecían tener salida, entonces Anna pensó ¿Estaría ante una de esas  habitaciones que se hacen llamar de pánico?
 Entonces vio cómo en un instante y como si de magia se tratara, una de las paredes desaparece ante sus atónitos ojos; expectante, espera a que la mujer diga algo, en unos instantes una luz indirecta y potente iluminaba la estancia, allí ante sus asombrosos ojos vio cómo las paredes se encontraban tapizadas por unos cuadros tan maravillosos que se quedó sin palabras, todos sin lugar a dudas eran auténticos; clavando sus ojos en el rostro de Anna,  la mujer espera su  reacción.
Veo que te ha impresionado lo que estás viendo.
Anna sigue muda.
¿Acaso has observado si alguno de estos cuadros es falso?
Anna contestó balbuceante por la emoción, sólo tengo la carrera de arte, para saber si alguno de ellos es una copia había que hacer observar primero varias obras del autor, comparar su firma…
Sigue, sigue, dijo la que parecía la anfitriona, dame tu opinión.
También hay que estudiar la profundidad y el número de capas de pintura que es necesario cotejar para saber con seguridad  cómo alcanzar en esa analítica el color que es deseado por el artista.
Minutos después acercándose a uno de los cuadros le dice; ¿ves? dijo con una autoridad que le hizo temblar ¿Crees que éste es una copia?, bien, pues yo te digo que necesito aquí el auténtico inmediatamente en esta galería.
Y, cambiando de registro; ahora dime si el apartamento dónde te han encontrado mis amigos  es tuyo porque si no es así ¿De quién es?
De una amiga, si esa respuesta ya me la figuraba, entonces habrás ojeado lo que había en el apartamento ¿Viste algo que no fuera  corriente, por ejemplo en la decoración?, una lámina, una hornacina, algo que no es corriente que se pueda encontrar en un pequeño apartamento.

Anna comenzó a temblar, y si su amiga le había tendido una trampa, sin duda era porque  debía encontrarse metida en algún lío. Una vez terminado lo que parecía un interrogatorio, Anna es llevada  a aquella habitación claustrofóbica de nuevo.








martes, 25 de julio de 2017

Lo mejor es la neutralidad. Final

Anna no tenía ni la más remota idea de qué nuevo misterio se enfrentaba con aquel personaje desconocido.
Su mente, parecían haberse alborotado, la cabeza le empezó a dar vueltas como si se hubiera subido a una noria, pues aquello que estaba presenciando, podía ser muy serio, ¿Se encontraría ante un fantasma?
Y el hombre, volviéndose hacia ella le dijo con rotundidad para que lo oyera, “Si” dijo  antes de que ella tuviera tiempo de articular palabra alguna.
Anna poco después me comentó, que ni siquiera se había imaginado un caso tan sorprendente como el de vivir esos momentos. Anna envidió a aquel hombre que podía deshacerse de lo que no le servía, ¿Pero qué barbaridad estaba pensando?
Empezó a envidiarlo, era lo que sentía a pesar de que le dijera que ella también podía hacer lo mismo que él y, que si quería también podía  hacer con sus miembros todo lo que quisiera, pero para hacer todo eso tenía primero que deshacerse de pensamientos, negativos,  banales, porque estos pensamientos sólo suelen hacer que se desperdicie parte de la inventiva. Y por lo tanto quiero decirte—le recomendaba aquel hombre-- no consientas que una sola crítica pueda  mermar  tu imaginación, pues ésta es un manantial de vida que dosificándola nunca  se agota.
Estas palabras hicieron que  Anna se quedara  perpleja.
Y, siguió diciendo:
 No dejes de producir esos relatos que con ellos puedes hacer que una mente torturada por los avatares de la vida, pueda con  tus fantasías literarias hacer que esa persona, aunque  sea una sola, tenga la fuerza de sacarla del profundo abismo en la que se pueda encontrar en esos momentos, y eso  tan sólo puede suceder en su rato de ocio, que puede hacer cambiar al ser humano al entrar en ese  milagro que es  la de  integrarse con la  fantasía.
Entonces, de repente aquel hombre, comenzó a volar ante su atónita mirada.
Señor le dijo al fin Anna con voz clara y, en un tono que parecía reprobatorio: “me está asustando con hacer esas cosas tan extrañas, y ni siquiera he sido avisada para que no me sorprendiera”
El hombre tiró el sombrero al suelo, y Anna lo recogió pensando que era un acto de generosidad, entonces, al tocarlo con sus manos, su cuerpo empezó a elevarse hasta volar junto a él, llegando justo hasta sobrepasar las nubes; una vez que Anna se vio en las alturas supo que todo había vuelto a sucederle.
De repente, una impresionante tormenta de agua y viento sepultó todo lo que pudiera dar testimonio a aquello que había vivido.
Fue curioso que un desagradable zumbido de moscas azules moribundas cayera  a los pies de Anna.
Cuando llegó a su casa, subió de dos en dos las escaleras hasta el cuarto piso, su puerta se encontraba abierta. Como una exhalación entró en su despacho, el ordenador se encontraba conectado.
Y sin apenas darle tiempo a pensar se encontró escribiendo ante un folio en blanco, y en esos momentos fue cuando comenzó el relato de su nueva novela. Algo raro le pasaba pues, de su mente brotaba como si de un manantial se tratara todo el argumento de esa nueva  novela que ni siquiera había pensado cómo sería la trama, todo estaba saliendo  de los trazos  de su bolígrafo, ilusionada quiso pensar que aquella novela  podía ser su Ópera Prima.
 Y, supo que debía seguir escribiendo; tan sólo quedaba flotando una palabra hiriente y confusa en el aire, que al querer olvidarla, Anna  la convirtió en todo lo contrario, pues hizo despertar en ella de nuevo la magia.
 Un año después  aquella persona que quiso destruirla con unas palabras despreciativas, cuando supo que había escrito una nueva novela y que había sido un gran éxito de ventas, aquel hombre de sentimientos retorcidos, se vio envuelto en un laberinto de desolación al ignorar el significado de cómo se deben usar las palabras.
¿Qué es lo que lleva al hombre a  inducir tener  una conducta reprochable ante una persona?
Tal vez sea una obcecación por querer que nadie le haga sombra en su deficiente y anodino trabajo, no aceptando que alguien por casualidad  pueda encontrar fortuitamente un fenómeno inesperado que pueda darle ese impulso que todos necesitamos, algo que al  presentarse  de golpe y, ser aprovechado, puede cambiar todos nuestros esquemas.
 Este hombre sin saberlo estaba inhibiendo con su proceder las Meninges que al no dejarla reaccionar con normalidad, lo abandona, dejándole sin fantasías dentro de un complejo  que va más allá de lo razonable, no dejando nada  en su memoria. Sin embargo Anna y sólo Anna supo aprovechar el ser  testigo de algo que le pareció recurrente, porque  sin saberlo había roto todo lo razonable de la realidad incontenida.
Ahora cuando Anna se encuentra ante su mesa de trabajo, siente en su interior que no puede dudar que lo que creyó ver podía ser realidad.  De nuevo se dispuso a escribir, solo se le ocurrió, que a este nuevo relato se le podía llamar simplemente “recalcitrante” por lo arriesgado de su atrevimiento, pues con toda seguridad, nadie  creería, que este relato hubiera sido una realidad.
¿Pero la novela?
Ahora Anna se encontraba con otro nuevo dilema, pues no sabía  cómo titularla.
Quizás.
Viajes por una mente escondida en las Meninges
 Tal vez-- pensó-- sería contraproducente, el querer desentrañar los misterios que guarda nuestra cabeza  que sólo él Creador  puede desvelar.
Lo cierto es que en cualquier momento de nuestras vidas, puede que  llegue a sorprendernos alguna reacción espontánea, puede que nos venga de esas Meninges  que sin remisión llevamos todos con nosotros.

Cuidado hay que mimar esa parte del cuerpo, pues al no ser visible, puede que nos sorprenda, nunca se sabe cuál puede ser su reacción.











lunes, 17 de julio de 2017

Lo mejor es la neutralidad

Alguien, que Anna no recordaba bien quién pudiera ser, se dirigió a ella al término de una conferencia sobre literatura mágica, ese hombre se puso ante ella con pose de prepotencia, pues de esa altivez que proclamaba, sólo se podía sacar la conclusión de que todo aquel que  adopta esa pose es porque  que le gustaría ser alguien y, no lo  es.
Entonces le dijo a Anna, que lamentaba comunicarle que no sabía escribir, que el papel en el que ponía esos garabatos valía más cuando se encontraba en blanco. Gracias, le contestó Anna con una sonrisa, agradeciéndole su crítica decidió ignorar el incidente y, sin más, siguió su camino hacia la salida.
Una vez en la calle, Anna reflexionó muy a su pesar pues aquellas palabras lograron herirla, y tuvo que preguntarse si acaso ese desconocido estaba en lo cierto, el hombre no pareció satisfecho con la actitud pasiva que adoptó Anna, porque en su mirada dejó entrever una frialdad sobrecogedora que  le hizo sospechar que tejía a su alrededor una malla viscosa de difamación con la misma cautela con que la araña compone su red atrapadora.
 Una vez pasada la primera impresión, en sus labios afloró una sonrisa de complacencia, al no entender tantas molestias,  por  parte de aquel desconocido, y se sorprendió al saber que  sus relatos pudieran haber hecho tanto daño.
 Entonces recordó que en una ocasión llegó hasta sus oídos que algunos de sus lectores disfrutaban leyendo sus libros, algunos hasta llegaron a manifestárselo por la calle haciéndole  comentarios de que al igual que un poeta sabía manejar las palabras, estos  comentarios  le hicieron  gracia al mismo tiempo que subía su autoestima, pues según ese ciudadano desconocido, Anna desdibujaba con su bolígrafo las palabras; pero esa crítica (destructiva o instructiva, según se mire) pero al intuir  que no iba a dejar mella en ella, como para olvidarse de seguir escribiendo lo que se le antojaba, este desconocido desapareció de su vista.
Pero ante este  dilema innecesario, Anna decidió quedarse al margen, creyó que  no era el  momento ni siquiera ético de ponerse a favor de ninguna de las dos opciones,  ni de los halagos ni de los detractores. Anna me confesó, que dijeran lo que dijeran unos y otros, para ella era un elogio, ya por sí sólo, el que se hablara de su trabajo.
Y me dijo, (confidencialmente) puedo garantizarte que la palabra para mi es importante, porque siempre hay que huir como del aceite hirviendo de las lenguas ladinas porque si ésta llega a salpicarte, puede ser tan cruel como una daga cercenadora que mutila las buenas intenciones, siendo lo contrario otras palabras, esas que se susurran con la intención de acariciar los oídos poniendo en el tono amor.
Por esa razón “ciudadano sin nombre” en tu honor, en mi próximo libro te voy a dedicar unas palabras muy sencillas de comprender; un susurro puede tener  varias connotaciones, según las circunstancias y el tono en las que se pronuncien, una opción es, que al pronunciarlas  puede producir terror a quien la escucha, la otra opción es que si se dice  con dulzura al oído, puede despertar ilusiones que siempre alegran el corazón.
Al día siguiente supo por ella misma  que había aceptado aquella crítica con deportividad, por cierto, me comentó que le había sido beneficiosa.
Al día siguiente se lanzó a la calle con el propósito de recabar información para su cuarta novela, paseó por lo más céntrico de la ciudad, saludó aquí y allá, contempló escaparates, se sentó en una terraza para tomar un refresco que calmara su sed.
En realidad, no sabía cómo empezar la novela; poco después sin ser consciente de ello,  se encaminaba hacia un destino incierto, iba distraída cuando ante ella se cruza un caballero bien vestido que cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha, por su forma de caminar Anna dedujo, que parecía  presumir de belleza.
Aquel cimbreo de su cuerpo le intrigó, entonces inducida por las meninges, esa membrana que está formada por tejido conectivo y que según parece cubre todo el sistema nervioso central, bien, pues todo esto que se halla en nuestra cabeza, le dio una orden incuestionable “síguelo”.
Anna obediente siguió ese mandato, sin apenas darse cuenta, se vio caminando fuera de la ciudad, entonces el hombre miró hacia atrás y, ella se sintió ridícula al no encontrar palabras para justificar su conducta.
Ya sabía de antemano que una buena palabra dicha a su tiempo puede llegar a justificar lo injustificable, ante la mirada de aquel hombre Anna se sintió despojada no sólo de su palabra, sino también de su lengua, pues se le quedó pegada al paladar.
Anna admitió que alguna que otra vez  sus palabras le habían sacado de algunas situaciones embarazosas, pero contando como el Todo Poderoso que le había dotado de carácter perseverante, siguió a aquel hombre, la verdad es que no pensó que aquel hombre  pudiera mirar para atrás, pues en el caso de haberlo hecho, no hubiera sabido qué decirle.
En aquel momento sólo pensaba en las palabras de disculpa que le pudieran servir  para justificar aquella sin sentido persecución; pero aquel hombre poseía un Don, que era el de dejarla sin palabras, entonces sin más, y como el que tira un cigarrillo ya consumido, se desprendió de uno de los brazos, que tiró lejos de él; aquella acción provocó en Anna  una reacción que hizo que se aceleraran sus pulsaciones, mientras su boca seguía muda como la de una monja de clausura.
Habían caminado unos cuantos pasos más y, se desprendió de una de sus piernas, arrojándola lejos de él cómo hizo con el brazo, aquella actitud del hombre la  dejó perpleja, pues seguía caminando con una sola pierna sin apoyo alguno, ella ya no sabía con exactitud lo que pensaba, pues no se entendía ni ella misma, en la fracción de unos segundos pasó de creer que era un sentimiento de admiración, para  convertirlo al instante  en algo excepcional.

Anna interrumpió sus pasos, pues deseaba hacerle una pregunta, pero antes de que esta fuera  formulada, el hombre contestó--- este es mi Don—si lo que deseas es seguirme hasta que llegue a mi destino, entonces te mostraré cual es  el final del trayecto, pero, hasta que llegue ese momento, debes esperar, y si quieres saber algo más de mí tendrás que averiguarlo por ti misma.











lunes, 10 de julio de 2017

El poder oculto, Final

Poco después cuando despierta se encontraba ante una pirámide, ubicada en la Península de Yucatán, allí ante sus ojos se encontraban los vestigios de un pasado que había hecho en este presente  volver a resurgir la ambición desmedida de unos cuantos, haciendo que éste resurgir fuera tan turbulento como lo es el magma que abrasa  todo lo que encuentra a su paso, a sabiendas de que con esta acción borran con ello la historia de los pueblos.
Manuel, siente de pronto cómo su cuerpo es presa de una convulsión que proviene de un poder sobrenatural que se adueña de su conciencia, quizás provenía del ultraterreno, que hizo que desde su perspectiva pudiera ver violentas escaramuzas y guerrillas que luchaban por diezmar un patrimonio único.
Manuel de repente se ve subido en un pódium, ordenando que llevasen ante su presencia  a todo aquel que había sido cogido robando, ante esta orden los presentes palidecen, pues ante ellos se hacía presente la omnipresencia huella de un misterio que supieron existía, pero que en esos momentos se estaba haciendo visible.
Los malhechores pasaban ante él gimoteando, mientras la luz del sol brillaba sobre la pirámide irradiando  los colores de las gemas.
Manuel no puede creer lo que estaba pasando, aquellos hombres se postraban ante él, eran todos de raza blanca, con apariencia de ostentar cargos relevantes, esos que se creen importantes, intocables, mientras llevan a sus espaldas pegados como lapas el alijo de un expolio, que saben mejor que nadie  vender al mejor postor.
Mientras tanto Manuel no salía de su asombro, la serpiente emplumada, parecía hacer la función de verdugo, a uno de los reos, le sacó un ojo, que depositó en una cajita de jade, y siempre con majestuosidad abrazó con fuerzas a otro reo hasta asfixiarle mientras uno de sus brazos caía desplomado al suelo moviéndose cómo el rabo de una lagartija, a otro le cercenó las piernas metiéndolo en una pila funeraria de dura piedra; una vez terminado este ritual, a los restantes delincuentes, la serpiente les ordena que cojan unos machetes que les eran ofrecidos por los nativos, éstos, les hacen segar la maleza  que se encontraba alrededor de la pirámide.
Su misión no era otra que la de cumplir un ritual  que era el de descubrir la mortaja del tiempo  que la naturaleza había tapado.
 Manuel se baja del pódium, da unos pasos, ante el aparece un cenote cuyas aguas cenagosas dejaban ver cómo los cuerpos que se había engullido flotaban como  muñecos hinchables.
Mientras miraba con horror aquel espectáculo espeluznante, pensó me van a matar, ante él una mujer de belleza perfecta lo miraba con una mueca de crueldad  que se dibujaba en su cara, entonces apretó los dientes, la mujer le dijo, no, no vas a morir aún, lo que tú has hecho por este pueblo es diferente, Manuel la mira impertérrito, los ojos de la mujer le atravesaron.
Una mañana, aparece una moto abandonada  cerca del pantano de Guadiloba en Cáceres, un caminante que por allí pasaba dio la alarma, la moto se encontraba en su parte posterior se encontraban abollados los ejes de las ruedas que hicieron sospechar de un accidente con fuga incluida.
Manuel despierta de un raro letargo que le recuerda haber vivido algo insólito, real, pero cómo no se lo puede explicar, piensa que pudo ser el hecho de tener la preocupación de si firmar o no firmar era algo que le inquietaba en sumo grado.
 Él siempre había vivido con su familia en la misma casa, por lo tanto se sabía los recovecos de cada rincón, pero…nunca se fijó en una foto que colgaba en el rincón más oscuro del pasillo, lo mira, remira, obcecado en querer ver algo que creyó tenía que ocultar aquel cuadro; una sombra de hombre arropado con un poncho se proyectó en la pared, da un paso atrás, mientras una voz que era la suya propia le habla en pretérito.
Manuel, no te reconozco has cambiado, tanto que ni tú mismo te reconoces, mira bien la foto, si, eres tú mismo o sea el abuelo que lucía con orgullo un pectoral adornado de gemas preciosas
 ¿Por qué ahora quieres desenterrar el pasado?
¿Qué es lo que te preocupa?
Que se sepa que tú sí, tú, o sea yo,-- da igual porque somos el mismo aunque aún no lo creas --porque cambiar los términos, no cambia nada tú, yo, sabemos que robamos el mapa donde los indígenas guardaban el más preciado “Tesoro de su historia”  viste el rito, no lo niegues, pues se hizo ante ti presidida por la serpiente emplumada, ¿Acaso no recordaste nada? Allí fue cuando engañaste con tu candidez a los mayas, pero se te olvidó el detalle más importante que la serpiente emplumada siempre te estuvo observando, a veces, recuerda que nos entraba el remordimiento, y entonces pensábamos bajo una perspectiva completamente distinto a la que siempre tuviste o tuvimos, como el de robar a gente que creíamos no sabían distinguir…Qué era lo que creíamos tenían que distinguir, si estaban muertos.
Manuel, “despierta” le dijo su propia voz, sólo tú(o yo) me da igual, somos los únicos culpables, sé que todo esto pasó hace mucho, mucho tiempo, pero no creas que fuimos  olvidados, tócate el ojo derecho sin miedo, ¿Notas algo?
Manuel empezó a gritar de espanto, su ojo, tenía la cuenca vacía, le faltaba su ojo derecho y, comenzó a saltar preso de un ataque de nervios, se lo había sacado la serpiente emplumada ahora recordaba, fue aquella tarde que creyó era de gloria para él, entonces empezó a sudar, aún tenía presente el momento en que la serpiente emplumada depositaba un ojo en una caja de jade; ante tanto desasosiego sus pies  tropiezan con algo que le  hace tambalearse, era la misma caja, no se atreve a cogerla.
Minutos después, todos los miembros de  su departamento inundaron el oscuro pasillo, eran hombres tullidos que habían pertenecido a la expedición que Manuel capitaneó.
Todo pudo haber sido una burda alucinación, pues nunca se supo de Manuel ni de los componentes de aquella expedición. De la foto desapareció el pectoral, en una esquina del salón se encontraba la serpiente emplumada que lucía cómo nadie aquel pectoral o collar o, el mapa, porque ese pectoral era el mapa  que indicaba donde se encontraba los secretos más misteriosos que puede llegar a tener un pueblo.
Entonces para qué tanta pantomima de querer salvar algo de lo que había sido diezmado hacía muchos, muchos, años.
 ¿Había existido Manuel junto con la serpiente emplumada?
Algo sí que fue verdad, existe una magia que confunde al explorador ambicioso, llevándolos hacia los cenotes lóbregos donde nadie los puede encontrar.

En lo alto del cielo, se proyectaba una iluminación por los destellos de una luna llena. 








   



martes, 4 de julio de 2017

El poder oculto

Manuel, sabía que se encontraba  en esa  línea que era la de pasar o no pasar el delgado hilo de una frontera que para él suponía podía resultar ser muy  peligrosa. Todo  comenzó cuando aceptó  un trabajo que lo elevo a la jefatura de tratados de aduanas, sabía que estaba preparado pero, no se sentía satisfecho con este nombramiento, pues tuvo que comenzar  a investigar unos detalles que parecían escabrosos y que le eran imprescindible conocer. Pero toda la información que pudo obtener por medios extraoficiales no parecía encajar con el resultado de la investigación que tenía sobre la mesa, repasando de nuevo los archivos supo  que faltaba la documentación de una serie de  piezas desaparecidas rescatadas de una de las excavaciones que eran  de incalculable valor para el pueblo peruano; esta nueva situación hizo en él que extremara en exceso su celo por rescatar ese tesoro,  hasta el extremo de no pensar en otra cosa que la de vivir por y para desentrañar algo que parecía ser el engranaje de una gran  trama que rayaba en lo misterioso y, que él, por supuesto no acababa de entender.
Este trabajo hizo que cambiara su carácter, sus allegados comentaban a su espalda que se había convertido en un hombre taciturno, llegando a irradiar tristeza.
Hacía días que entraba en su despacho como una tromba de agua inundándolo todo, sin dar los buenos días a su secretaria, sus ojos parecían entibiados por la falta de sueño y, que al pasar por su lado, casi no la miraba, entraba en su despacho  para unos minutos más tardes salir de nuevo sin decir nada.
Llevaba tres días ausente de su despacho sin saber nadie de su paradero, en aquellos días todos los de su departamento parecían relajados con su ausencia. Una mañana sonó el teléfono, preguntando por Manuel, nadie supo darle razón de su paradero.
Una medio día la radio da la noticia de un terrible accidente, todos pensaron que se podía encontrar involucrado Manuel por su ausencia, la oficina se convirtió en el departamento que llevaba Manuel  en un hervidero de funcionarios curiosos que querían  saber si lo que se decía en las noticias eran ciertas y, que si era cierto que Manuel podía encontrarse cerca de la frontera con Portugal. Pasaron unos días y la prensa no acababa de desvelar los nombres de los afectados.
Aquel día la garita de la aduana, se encontraba colapsada, una multitud de viajeros se encontraban sin saber que estaban siendo vigilados por helicópteros desde el cielo, haciendo  que todo aquel que  pretendía pasar la frontera se le hiciera  era una travesía imposible.  
El espectáculo en la carretera daba un aspecto peculiar ante el corte ineludible del tráfico, los conductores protestaban mientras otros sudaban pensando cómo escapar de ser detenidos, cada uno tenía claro lo que querían, que era llegar cuanto antes a su destino, en otros era una necesidad perentoria de huir. Alguien intencionadamente derrama un bidón de gasolina en medio de la carretera, le prende fuego, el caos estaba servido al convertirse la carretera en una antorcha por consiguiente, en  terrible ratonera.
Alguien apartado de aquel tumulto enloquecido y, desde un montículo, tapado con un poncho y un gorro peruano observa desde su atalaya mientras contempla la escena inmutable y abraza contra el pecho algo que para él debía ser muy valioso.
En medio de tanto caos, pasa desapercibido un motorista que conduce por campo través hasta llegar al montículo, era Manuel, se acerca al hombre del poncho que parece esperarlo, el indio, sube a la grupa de la moto como si se tratara de una caballería, la moto daba tumbos por la compleja  orografía del terreno, llegan en una vaguada, al bajarse de la moto les esperaban cuatro hombres vestidos con la indumentaria india que los conducen a una tienda de campaña, una vez dentro Manuel observa  que uno de los indios llevaba colgando del cuello un pectoral que le quedó sin palabras, su abuelo en una foto antigua lucía uno semejante.
A Manuel  le empezó a  bullir la cabeza  hasta entorpecer su mente, dentro de la tienda de campaña se encontraba una mesa que parecía estar dispuesta para que se firmaran los tratados en los cuales se comprometía a que todo lo que se extrajera de cualquier tipo de excavaciones arqueológicas de los países Andinos fueran inmediatamente requisado por los gobiernos de la Unión Europea.
La sonrisa de uno de los cuatro que se encontraba dentro de la tienda, hace que Manuel desconfíe antes  de poner su firma  a pesar de que su mente se encontraba confusa y, empezó a sospechar que al tender su mano para saludar a los que allí le esperaban, sintió algo insólito s pues al instante, vio cómo sus ojos se nublaban, pero  tuvo la capacidad   mental suficiente como para pensar que allí  estaba pasando algo.
Manuel, antes de caer al suelo sin conocimiento, logra acercarse hasta tocarles la cara a los dos que les pareció no eran indios.
Sin duda, aquellos hombres no eran latino-americanos, pero antes de que callera al suelo sin sentido, Manuel ve cómo los dos hombres se desploman al suelo sin conocimiento, ya en el suelo  siente cómo el casco de la moto( que aún no se había quitado) se mueve en su cabeza estertórea mente, entonces se da cuenta que lo llevaba puesto, pero siente que no tiene fuerzas cuando intenta quitárselo, al tocarlo, nota en su tacto algo viscoso, en un impulso de supervivencia tira lejos de él el casco de donde salió una serpiente emplumada que rectaba  con gran majestuosidad acercándose a  los supuestos  indios que inertes yacían en el suelo, uno de ellos despierta de su letargo cuando la serpiente se acercaba a ellos, la mira con ojos espantados, no podían salir huyendo al encontrarse inmovilizado, pues ignoraba que por sus venas corría el veneno mortal del pinchazo recibido por los colmillos de la serpiente emplumada.
Manuel, no sabe qué hacer, se había quedado petrificado en medio de la tienda, mientras la serpiente amorosa se le enrosca al cuerpo.
Cuando despierta, se encuentra ante una pirámide, que estaba ubicada en la península de Yucatán, allí pudo ver Manuel los vestigios de un pasado, que había hecho del presente que volviera a resurgir la ambición desmedida de unos cuantos, éste resurgir fue tan turbulento como un magma abrasador, sobre todo para aquellos que trafican ilegalmente con los objetos antiguos, a sabiendas que con esta acción  borran con ello la historia.
Manuel, siente de pronto una convulsión como si  un poder sobrenatural que se adueñara de su conciencia, quizás todo podía provenir del ultraterreno, haciéndole ver desde su perspectiva violentas escaramuzas de guerrillas que luchaban por diezmar aquel patrimonio único. Manuel de repente se ve subido  a un pódium, ordenando que llevasen  a su presencia a todo el que había sido cogido robando, ante este mandato todos los presentes palidecen, pues ante ellos tenían la omnipresente huella de un misterio que siempre supieron que existía, pero que en esos momentos se estaba haciendo visible.   
Los malhechores pasaban gimoteando ante él, cuando la luz del sol brillaba sobre la pirámide irradiando los colores de las gemas.

Gonzalo, no puede creer lo que estaba viendo, ante él, se postraban los hombres blancos que por su apariencia y por los cargos que parecían ostentar  creían ser  importantes, intocables, mientras  llevaban a  sus espaldas pegados como lapas el alijo de un expolio, para más tarde vender al mejor postor. Mientras tanto Manuel no salía de su asombro, la serpiente emplumada parecía hacer la función de verdugo, a uno de los reos, le sacó un ojo, que depositó en una caja, de nuevo y con majestuosidad abraza con fuerzas a otro hasta asfixiarlo mientras uno de sus brazos caía desplomado al suelo, a otro le cercenó las dos piernas, depositándolo después en una pila funeraria de piedra. Ya quedaban unos cinco de estos llamados delincuentes, cuando, atónito ve que la serpiente les ordena que cojan unos machetes que les son ofrecidos por los nativos que les hacen segar la maleza que se encontraba al derredor de la pirámide, su misión no era otro que el de cumplir el ritual de descubrir la mortaja del tiempo, que la naturaleza había tapado.  












domingo, 18 de junio de 2017

Río Neva, Final

Anna mirase donde mirase todo eran lamentos ¡Estaría atravesando el purgatorio! pero ella no era Virgilio ni Dante, ni tan siquiera estaba enterada de que hubiera hecho nada que fuera pecado, no tenía nada de qué redimirse, ¿Pero por qué había perdido la esperanza? Le pareció extraño que allí en aquel purgatorio que a Anna le pareció lo más profundo del infierno se encontrara  a tan  famosos poetas.
 ¿Poro de que los conocía ella?
Anna en medio de aquella ciénaga, había conocido por primera vez el purgatorio, pero supo de que estuvo muy cerca de haber caído en el infierno, solo le faltó un ápice para entrar en el valle dónde se encontraba su otro yo… ¿Qué  le decía a ella el nombre de Agustín de Betancourt? pues se encontraba en esos momentos hablando en las mismas puertas del purgatorio, hablaba con un guardián, y este le pedía indicaciones de su alma. Anna, poco después, se creyó libre de todo pecado al encontrarse de nuevo en la Plaza roja de Moscú, admirando de forma muy particular su grandiosidad.
 ¿Sería ese el Edén?
No olvides, le decía su conciencia, que ninguno de los actos que puedas hacer buenos, o malos, se quedan por pagar, es una factura intransferible. Anna desde ese momento recapacitó, ella no tenía nada de que reprocharse, ella nunca llevó el apellido Betancourt.
 ¿Entonces  ese apellido Betancourt había desaparecido de su genealogía?
Pero, ¿quién era Natacha?
Un destacamento de guardia se aproximaba a ella, haciendo vibrar el suelo con los cascos de sus caballos, de repente Anna empezó a sentir cómo su montura comenzaba a agitarse y tuvo que apretar los muslos y aferrarse a las riendas para no caer, y esperar a que pasara la comitiva ¿Quiénes eran los que formaban aquella comitiva? entonces Anna inspiró profundamente.
Unos años después, Anna regresa a Rusia en calidad de investigadora, una vez dentro del palacio de invierno de los zares recorrió las estancias como su fuera una turista más, al llegar a la galería de los retratos, su corazón se paró de golpe, allí estaba la que supuso era Natacha, pues,  la miraba desde aquel óleo cómo si le estuviera desnudando el alma, y entonces supo que le estaba invitando a que entrase  en el salón contiguo, Anna, se dirige hacia donde le indicaba aquella mirada, pero cuando empuja la puerta, asombrada pudo ver que en el fondo de aquel salón y, junto a una de las  ventanas por donde se podía ver el helado río Neva se encontraba su abuela, que charlaba animada con alguien que parecía un espectro, Anna no creyó lo que estaba presenciando, pero alguien, se acercó a ella para decirle, Natacha has tardado mucho en venir, ahora te toca a ti quedarte en este palacio, pues tu bisabuelo hizo ésta estancia  pensando en que tu vivieras en él eternamente, sí tú eres  Natacha.
Y éste es tu mausoleo. Anna se tapó los oídos con las manos pues allí se habían concentrado todas las penas de aquellos hombres que hicieron posible el capricho de un zar.









domingo, 11 de junio de 2017

Río Neva, segunda parte

Querida Anna:
Solo unas letras más para decirte  que es un honor para mí y mi familia el que por fín hayas decidido
  Viajar  a esta mi país precisamente en el mes de Agosto; creo que has elegido bien, pues en invierno es casi imposible transitar por la acumulación de nieve que hay en las calles añadiéndole el frio intenso, también por esa fecha hay otro inconveniente que hay que sumar el intenso tráfico, aunque eso no te debe preocupar, pues disponemos de una extensa red de metro que sin duda tendríamos que coger; de todas formas puedes venir cuando lo creas conveniente.
Mis mejores deseos.
Quedo a ti disposición.
Natacha.
Anna con la carta en la mano tuvo una negación de la realidad.
Se detuvo unos momentos en el pasillo antes de entrar en su pequeño estudio, en un impulso, de dos zancadas se puso ante su mesa de trabajo, y se dispuso a buscar la primera carta que había recibido el día antes, pero no la encuentra, desolada no recuerda haberla tirado a la papelera, la mira, se encontraba vacía.
Aquella noche le invadió una terrible inquietud no pudiendo pegar ojo en toda la noche, en el insomnio en su cabeza empezó a cernir  una gran incertidumbre que le hacía de imán incitándola a aceptar aquella insólita invitación.
Por la mañana se encontraba extenuada ante el insomnio sufrido, se levanta de la cama, y al poner el pie en el suelo siente que se encuentra débil de cuerpo y alma, y empezó a dudar de todo lo que le rodeaba, achacando todo su mal a aquellas dos cartas que había recibido; algo le pasó, que de repente sintió  que con precipitación era conducida hacia un purgatorio desde donde se podía ver el infierno.
Anna se horroriza ante los recuerdos de uno de los pasajes de la novela de La Divina Comedia, ¿estaría acercándose al infierno?  Pero en esta travesía no tenía a nadie que le acompañara, ella no era Dante, ni tampoco Virgilio, porqué ella, precisamente ella, caminaba por laderas escalonadas y redondas atravesando el purgatorio.
Sin apenas saber qué era lo que hacía decidió averiguar quién le había escrito aquellas misivas que habían desconcertado su vida, pues se veía atrapada por un ente invisible.
Poco después se encontró conduciendo su pequeño utilitario hacia el aeropuerto de Adolfo Suarez para embarcar rumbo a Moscú.
No supo cómo pero de repente se encontró en una gran plaza donde los carros se amontonaban, para vender las mercancías que llegaban de los campos  los labradores, eran  sacos de heno, verduras, animales en venta, todo cabía en aquella enorme plaza.
 ¿Pero qué era todo aquello?
Cuando Anna miraba desorientada aquel entorno, una garganta profunda , invisible—le dijo—yo soy una sombra que te sigue, Anna se quedó casi sin aliento, entonces, y sin pensarlo comenzó a correr desesperadamente, aquella plaza…..no podía ser, no se parecía en nada a la plaza Roja, que ella había visto en muchas publicaciones donde se hablaba de Moscú, Anna  recuerda el sinónimo en ruso quiere decir , “bella” pero allí no se veía ninguna belleza, solo desolación y gritos de desesperación.
En la cabeza de Anna empezó a bullir como en una hoya a presión episodios pasados que creyó que no le eran ajenos. Recuerda mientras corría hacia la nada, que todo aquello que estaba viviendo transcurrió en los siglos XVIII, Y XIX, en el que el hombre pudo al fin abrir su mente  a las nuevas tecnologías, mecanización, y un conjunto de  inventos científicos de unos cuantos ingenieros, entre ellos se encontraba un español llamado Agustín de  Betancourt que creó máquinas increíbles, viajó por muchos países para importar su reciente tecnología, terminando sus días en Rusia, al ser requerido por el Zar  Pedro I.
Requerido por el Zar para que lo acompañara al litoral del golfo de Finlandia, el Zar le propuso a Betancourt, apenas llegar, que deseaba allí mismo en una pequeña isla en la desembocadura del río Neva, fundar una nueva ciudad que sería la nueva capital de Moscú y que le pondría por nombre San Petersburgo, el zar le propuso a Betancourt que fuera el  arquitecto de si magno capricho, pues odiaba con todas sus fuerzas Moscú.
Pero aquella región tenía un grave inconveniente, era pantanosa y de clima insalubre. Cuando comenzaron las obras, Agustín de Betancourt aun a pesar de los enormes  sacrificios de hombres que morían cada día, llegando a reclutar  a la fuerza a campesinos y a obreros reclutados por todo el imperio ruso. Cuando se terminó la ciudad muy similar a la de Ámsterdam, pues así era el deseo del Zar.

Anna seguía corriendo sin entender que le estaba pasando sus pies se movían inseguros al pisar los troncos flotantes que constituían la cimentación de una ciudad que clamaba justicia para sus muertos. El barrizal se convirtió en una ciénaga intransitable, pero Anna no podía echar marcha atrás, las casas de madera flotaban hacia el mar, uno de los troncos era llevado a gran velocidad por la corriente, en él llevaba cadáveres adheridos de lapas  como circulan las ballenas  por el mar.